Buenos Aires - Lunes, 05 de Enero de 2009

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EL LUGAR DEL ANALISTA EN LA CLÍNICA DE LAS ADICCIONES:
UN RESCATE A LA PALABRA

por Lic. Silvina Papandrea

Si bien es en la clínica del caso por caso donde un analista puede operar bajo el modo del dispositivo clásico no siempre es llamado en este contexto y sólo su deseo le permitirá prestar o no su escucha a esta demanda. Tal es como me sucedió al encontrarme formando parte de una institución donde era convocada a operar a través de un dispositivo de tratamiento grupal.

Las siguientes reflexiones tienen como marco y fundamento el intento de articular el Psicoanálisis y la experiencia clínica obtenida a través de entrevistas individuales y grupos de tratamiento ambulatorio en una Comunidad Terapéutica dedicada al tratamiento y rehabilitación de adicciones.

Considerando que no es el hábito quien hace al monje extrapolo este dicho al dispositivo y la función del analista ya que es la escucha y su deseo aquello que podrá posibilitar la existencia de un sujeto mediante su suposición. Es desde allí que ejercí mi práctica y de la cual intento transmitir algunas reflexiones acerca de la función del analista en la clínica de pacientes adictos.

Suponer un sujeto en un adicto no es poca cosa si consideramos que en la adicción esta dimensión se encuentra prácticamente en vías de extinción. El adicto "da a ver" una escena en la que es muy difícil producir un pasaje a un "darse a escuchar". Considero que allí se encuentra la clave de una clínica posible: producir un pasaje del acting a la palabra ofertando un lugar de escucha. Pero este viraje se encuentra desde el inicio con un obstáculo: el goce de la droga excluye al goce de la significación. Pareciera que se tratara de un goce autoerótico donde la dimensión del Otro no encuentra cabida. Sin embargo, la presencia de un objeto nos indica que no se trata de un puro goce del cuerpo sino de un goce ligado al objeto de la adicción. El autoerotismo implica en sí mismo la carencia de objeto pero, en este caso, no sólo existe la droga sino que ésta hace las veces de partenaire. Obviamente no se trata de un partenaire convencional y su principal característica es que este partenaire no demanda, no habla.

Tomando las palabras de Freud de que el síntoma es la práctica sexual de los enfermos podemos considerar que la adicción es la práctica sexual de estos pacientes, pero es una práctica que excluye su pasaje por el Otro y, por esto mismo, se encuentra casi en los bordes del autoerotismo. Tampoco hay que olvidar que este modo de relación también excluye la dimensión de la relación con un otro en tanto semejante.

Tratemos de situar el estatuto de este objeto partiendo del discurso del paciente adicto. No se trata de un objeto deseado, su principal característica es la de estar situado en el orden de la necesidad. El adicto "necesita" de la droga. Las motivaciones que determinaron el inicio del consumo pueden ser muy variadas pero, finalmente, la necesita para poder vivir. El objeto droga es tarde o temprano reducido a un objeto necesario y no contingente. Que fuera contingente permitiría ubicarlo en el campo del deseo y, por tanto, susceptible de desplazamientos y sustituciones.

Sólo si el paraíso se considera perdido el hablante podrá añorar algún sustituto y realizar su búsqueda. Es necesario que la cosa esté definitivamente perdida para poder intentar recuperarla, en un primer momento alucinatoriamente, y luego iniciar su búsqueda por las vías del deseo. Pero, ¿qué sucede cuando se cree que hay un objeto que puede calmar la insoportable levedad del ser?.

Es en este sentido que en el tratamiento de estos pacientes se trata de posibilitar una sustitución. Sustitución de heroína por metadona desde la Medicina y de lo real por lo simbólico desde el Psicoanálisis. Es este pasaje del goce del tóxico al goce del sentido la apuesta que debemos realizar si partimos del supuesto de la existencia de un sujeto aunque, en un comienzo, sólo encuentre en el "ser adicto" los significantes para nombrarse.

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