Buenos Aires - Viernes, 05 de Diciembre de 2008

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¿ESTADOS LÍMITES O ESTADOS FUERA DE LÍMITES?

por Lic. Norma Alberro

Introducción
El término de borderline (límites, fronteras) se usó en su origen para designar una franja mal conocida de estados "pseudo-neuróticos", los cuales comprendían tanto psicosis disfrazadas o latentes, como estados que se situaban en las fronteras de las psicosis, específicamente de la esquizofrenia.

La observación cada vez más frecuente de casos límite en la clínica psicoanalítica y psiquiátrica nos lleva a pensar que se trata de una patología contemporánea. En este sentido, es posible afirmar, de acuerdo con R. Knight (1953) que para Freud la histérica era el paciente típico y el punto de partida de toda la obra freudiana; y en nuestra época, el caso límite constituye el centro de los problemas clínicos que nos preocupa. En esta medida ha suscitado gran interés de parte de las diversas corrientes psicoanalíticas contemporáneas, a partir del análisis del historial del Hombre de los Lobos. Este caso constituye el paradigma de los estados límites.

A pesar de que los estados límites no tienen un lugar preciso en la teoría lacaniana, sin embargo es posible reflexionar sobre esto a partir de dos conceptos claves: fantasma y significante del Nombre del Padre. En este trabajo, he tomado el concepto de fantasma para desarrollar una idea y es la siguiente: la realización del fantasma, a través de los múltiples pasajes al acto que caracteriza estos estados, es el modo de existencia privilegiado de estos pacientes. El pasaje al acto que causa el fantasma en los casos límites se vuelve la ley de una existencia consagrada a su servicio.

Me propongo exponer en este texto el resultado de mis reflexiones teóricas partiendo de una interrogación y es la siguiente: ¿tenemos que renunciar a toda tentativa de generalización de estos estados límites y quedarnos en una etapa descriptiva, admitiendo que se trata de un estado que delimita dos territorios, a saber las psicosis y las neurosis; o podemos intentar una teorización del límite mismo y a partir de allí delimitar un terreno que sea propio a este estado fronterizo?. Mi punto de partida será el de desentrañar el concepto de límite que implica estos estados fronterizos.

En esta perspectiva será interesante distinguir, como dice A. Green “entre ‘tener’ un límite y ‘ser’ un límite (un caso límite). En efecto, se puede ser ciudadano o apátrida, pero es difícil imaginarse que alguien es una frontera”. Ser una frontera es identificarse a un límite móvil y cambiante que en lugar de crear una demarcación frágil, crea un no man's land, en el interior del cual el caso límite se desplaza desconociendo hasta dónde llegan, precisamente, sus límites.

Concepto de límite
Esta palabra, límite, tiene la particularidad de no pertenecer ni al vocabulario tradicional de la psiquiatría ni a la terminología freudiana. Sin embargo, en la obra freudiana es posible encontrar algunas líneas de demarcación entre neurosis y psicosis así como entre el interior psíquico y el exterior. En esta perspectiva podemos hablar de fronteras entre el Yo y el Ello y el Super Yo, entre el Yo y la realidad exterior, entre Yo y no-Yo y entre los principios que rigen y organizan esta estructura, me refiero al principio de placer-displacer y principio de realidad; sin olvidar el concepto central de la teoría freudiana: la pulsión, definida por Freud como concepto límite entre lo somático y lo psíquico. La idea que quiero desarrollar en este trabajo es que el caso límite se sitúa en un territorio cuyas fronteras son imprecisas.

Ahora bien, el denominador común o para decirlo con un término más apropiado a este tema, el territorio común a estas demarcaciones es el Yo. En efecto, el yo aparece como un terreno que limita con el interior y con el exterior a través de la superficie corporal. La proyección de esta superficie define al yo, nos dice Freud en el texto “El Yo y el Ello”. El cuerpo en tanto tejido cutáneo esta interrumpido por aberturas, o sea tiene puertas de entrada y salida que actúan como aduanas, y permiten los pasajes en los dos sentidos: hacia el interior y hacia el exterior. Estas puertas que son las zonas erógenas, se reducen a las siguientes: ojos, boca, nariz, oreja, el ano y los órganos genitales. Lacan agregó la voz y la mirada a estas zonas erógenas.

En su artículo “La división de la personalidad psíquica”, Freud dice que el Yo se ve enfrentado a dos dominios: un extranjero interior -el síntoma-, y un extranjero exterior -la realidad. Partiendo del síntoma el camino conduce a lo Inconsciente, a las fronteras con el Ello en tanto sede de las pulsiones. Partiendo de la realidad nos confrontamos al juicio en sus dos vertientes: de atribución y de existencia. Esta división separa un Yo de placer de un Yo real. El juicio de atribución marca a su vez un segundo límite que diferencia lo bueno de lo malo; lo bueno es incorporado al Yo de placer, es lo interior psíquico; lo malo coincide con lo exterior y el no-Yo. La segunda vertiente del juicio, el de existencia real de un objeto representado, es un interés del yo real y tiene como función instalar la frontera entre lo percibido, es decir lo que viene del exterior aportado por la percepción, y lo representado, que proviene de las huellas mnémicas, de lo interior psíquico. En este caso se delimita un exterior real, percibido y un interior representado e irreal. Doble límite entonces, entre el Yo y la realidad, y el Yo y el Ello; y en el interior mismo del Yo un segundo límite entre el yo de placer y el yo real. Las dos fronteras del Yo se combinan para separar la realidad interna por un lado y la realidad externa por otro.

Ahora bien, la clínica psicoanalítica nos ha enseñado que el hombre se enferma tanto por las exigencias derivadas del mundo interior como del exterior y es así que el Yo tiene que funcionar como mediador entre estos dos dominios. De las pulsiones dominantes en el Ello se defiende por medio de la represión, en función del principio de placer-displacer, pero lo reprimido se revela contra este destino impuesto por el yo y se procura, por caminos sobre el cual el yo no ejerce ningún poder, una satisfacción sustitutiva, es decir, crea el síntoma que se impone al yo como una transacción. El yo encuentra amenazada su unidad por la intrusión de lo reprimido que retorna, bajo la forma del síntoma, y continúa luchando contra él de la misma manera que antes lo hacía con las mociones pulsionales reprimidas. De estos mecanismos resulta la neurosis.

El otro dominio extranjero con el que se ve enfrentado el Yo es el mundo exterior. Este domina al Yo por dos vías: en primer lugar mediante las percepciones actuales y en segundo lugar con el acervo mnémico de percepciones anteriores, que conforman al sistema de huellas del recuerdo cuyo conjunto constituye un mundo interior, “un patrimonio y un elemento del yo” (“Neurosis y Psicosis”). En las psicosis, la pérdida de la realidad se produce en estos dos ámbitos, es decir no sólo queda abolida la acogida de nuevas percepciones, sino que las huellas que conforman este patrimonio interior quedan separadas de su significación, desligadas de su investidura verbal y son tratadas como cosas. El yo se procura un nuevo mundo, una neo-realidad tanto exterior como interior y surgen dos hechos indudables. Por un lado esta neo-realidad esta construida de acuerdo a las mociones pulsionales del Ello, y por otro lado la causa de esta disociación, de esta ruptura con la realidad se encuentra en algún elemento de la realidad que provocó dicha ruptura. Esto constituye el elemento desencadenante presente en todo comienzo de una psicosis y que es necesario encontrar y formular de manera precisa atendiendo a los fines diagnósticos y pronósticos del paciente. El trabajo del delirio recae sobre el patrimonio de huellas mnémicas y sobre las representaciones y los juicios tomados hasta ese momento de la realidad exterior, que representaba lo exterior en lo psíquico. Esta relación no es fija e inmutable, sino que es constantemente modificada y reestructurada por nuevas percepciones. De este modo se le plantea a la psicosis la tarea de buscar aquellas percepciones que van a corresponder a la nueva realidad. Esto lo consigue por medio de la alucinación. Falsos recuerdos, delirio y alucinaciones corresponden a esta nueva realidad. El delirio surge en los puntos en que se ha perdido una solución de continuidad en la relación del yo con la realidad exterior y representa una tentativa de reconstrucción de la relación fracturada con la realidad. El yo dominado por la intensidad del deseo inconsciente se deja arrancar a la realidad, perdiendo vigor el principio de realidad.

Si el caso límite se ubica entre estas dos estructuras es porque participa, de alguna manera, de las dos. Como dije anteriormente, por un lado el Yo debe enfrentar al Ello y por otro a la realidad, pero sin perder el contacto con la misma.

Ante estas situaciones conflictivas en las cuales el yo se ve dominado, tironeado, vemos que el desenlace de dichas situaciones depende de las magnitudes de las tendencias que combaten y de la consistencia del yo para afrontar dicho combate. Al respecto dice Freud: “El yo podrá evitar un desenlace perjudicial en cualquier sentido, deformándose espontáneamente, tolerando daños de su unidad o incluso disociándose en algún caso. De este modo, las inconsecuencias, las extravagancias y las chifladuras de los hombres, resultarían análogas a sus perversiones sexuales en el sentido de ahorrarles represiones. Para terminar recordaremos la interrogación de si el proceso en el cual se aparta el yo del mundo exterior constituirá un mecanismo análogo a la represión” (“Neurosis y Psicosis”).

Esta cita prefigura el rol de la disociación del yo que tomará cada vez más importancia en la teoría y en los trabajos futuros de Freud hasta el último de 1938 (“La escisión del yo en el proceso de defensa”). Esta disociación no será reservada sólo para las perversiones sexuales, como en el fetichismo, sino que afecta al funcionamiento intrínseco del yo.

Esta disociación del yo que cumple el rol de defensa contra las psicosis permite ubicarla como mecanismo de los estados limites. El yo se altera, se deforma para evitar la ruptura psicótica, lo que explica según Freud “las inconsecuencias, las extravagancias y las chifladuras” que podemos adjuntar a la lista de síntomas presentes en los estados límites. En este terreno de “chifladuras” encontramos la disociación del yo y el predominio de dos mecanismos, represión y repudio, que coexisten sin contradecirse, siendo el primero tributario de la neurosis y el segundo de la psicosis. En los estados límite es el Yo él mismo que se constituye en terreno deformado y extendido hasta las fronteras imprecisas impuestas por los dos extremos: Ello y realidad. En las neurosis el conflicto se libera entre el Ello y el Yo, en las psicosis entre el Yo y la realidad y en los estados limites el conflicto se instala entre el Ello y la realidad quedando el Yo en el medio representando el terreno geográfico en el que se libran ambas batallas. El yo se deforma en los estados límites y las fronteras se confunden y no llega a independizarse de sus vecinos. En el artículo “La división de la personalidad psíquica” Freud dice al respecto: “El Yo es pues disociable, se disocia en ocasión de algunas de sus funciones, por lo menos transitoriamente, y los fragmentos pueden volver a unirse de nuevo”.

Tanto la neurosis como la psicosis trata de sustituir la realidad no deseada por otra más satisfactoria. Encuentra este refugio en el fantasma “... un dominio que al tiempo de la instauración del principio de la realidad quedó separado del mundo exterior, siendo mantenida aparte, desde entonces, como una especie de ‘atenuación’ de las exigencias de la vida, y aunque no resulta inasequible al yo, solo conserva con él una relación muy laxa”(“La pérdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis”). Tanto la neurosis como la psicosis extrae del fantasma el material para sus síntomas en un caso y para la creación de una nueva realidad en el otro. Por otro lado el fantasma se construye extrayendo del mundo real los elementos necesarios para crear escenarios en donde el sujeto se ve realizando roles como si fuera un espectador. Las pulsiones sexuales no se someten al principio de realidad y se sirven de los fantasmas precisamente para satisfacer sus deseos. Se establece una relación muy estrecha entre la pulsión sexual y la actividad fantasmática. La sexualidad se satisface en los objetos imaginarios cuando la realidad se muestra esquiva.

Esta sustitución de la realidad es el elemento que la neurosis comparte con la psicosis. En los estados límites el fantasma como sustitución de la realidad va a ocupar un lugar de privilegio y va a ser el pivote alrededor del cual se constituye esta estructura límite. Los pasajes al acto repetidos y tan frecuentes en este tipo de casos se explica por la tentativa -no psicótica- de realizar el fantasma en la realidad sustituyéndola en su acto mismo de realización. Para decirlo en otros términos, la realización del fantasma en lo real implica un cumplimiento de deseo, como en el sueño, lo que implica tomar sus deseos por realidades, o creer en la realidad de los sueños. El fantasma es al caso límite lo que el síntoma al neurótico, el delirio al psicótico y el fetiche al perverso. Una respuesta a la castración.

Concepto de Fantasma
El término fantasma ha pasado al lenguaje corriente como sinónimo de fantasía erótica, y en algunos casos para significar una aprehensión errónea o ilusoria de la realidad. Cada individuo sabe o cree saber lo que es el fantasma: sueños diurnos en donde el sujeto se imagina rico, amado, célebre, o también ensueños de tipo eróticos que reemplazan o acompañan al acto sexual.

Lo que los psicoanalistas entendemos por esta palabra no se reduce a esta representación común. Sin embargo, es necesario que la tengamos en cuenta; más aún, la teoría psicoanalítica del fantasma debe permitir situar y diferenciar lo que el fantasma significa para el sentido común, en las fantasías eróticas tanto como en los ensueños ambiciosos de gloria y poder.

El concepto de fantasma toma un lugar muy particular en la historia de la teoría freudiana. Al comienzo de la clínica psicoanalítica Freud creyó que sus histéricas habían sido objeto de un traumatismo sexual infantil, de una “seducción” iniciada por un pariente cercano: amigo, hermano, y en algunos casos, el padre. La experiencia de la cura lo conduce a abandonar esta idea y a admitir que aún en los casos donde no existe un hecho real, sus enfermas relatan estas escenas eróticas. Lo que Freud nos enseña con esto es la forma como el síntoma expresa un fantasma sexual inconsciente. Es el caso de las crisis histéricas que son incomprensibles hasta que no se advierte que la paciente que padece estas crisis juega un doble rol: el de una mujer que lucha y se defiende y el de un hombre que la agrede. Siguiendo la línea histórica del psicoanálisis, es interesante recordar también, que el análisis del sueño del “hombre de los lobos” hecho por Freud, hace emerger un fantasma de escena primaria en el cual el niño da sentido, après coup, a su percepción precoz del coito sexual entre sus padres. De esta manera, y con el fin de recubrir el traumatismo de la castración, se elabora en su psiquismo una representación inconsciente de esta relación sexual entre los hombres y las mujeres y se construye su deseo, reprimido, de formar parte de esta escena ubicado en el lugar de la madre.

Es imposible tratar de precisar el concepto de fantasma sin tener en cuenta el aporte y el lugar importante que Lacan le ha dado en la teoría psicoanalítica. Voy a tratar de desarrollar muy brevemente este concepto, aunque sabiendo que no es posible hablar de la teoría del fantasma lacaniano en tan pocas frases.

Lacan lee a Freud de una manera precisa y bastante original. En lo que concierne al fantasma “pegan a un niño” por ejemplo, Lacan pone de relieve el borramiento, la elisión del sujeto en el fantasma. Esta elisión se manifiesta en la última fase del fantasma. Recordaré brevemente los tres momentos que marca Freud: “mi padre pega al niño que yo odio”(me quiere sólo a mí), indica los celos del sujeto. La segunda etapa intermedia e inconsciente y con frecuencia reconstruida en el análisis, se formula así: “mi padre me pega” y expresa la culpabilidad del sujeto bajo una forma masoquista. Es sólo en la tercera fase que toma la forma que se presenta ordinariamente como “pegan a un niño”, forma en la que no se sabe quién pega ni quién es pegado. Bien, es en esta tercera fase, dice Lacan, que el sujeto es elidido. Pero él va aún más allá y dice que, en realidad, desde la primera fase el niño ha podido percibir respecto de su rival, que el castigo lo hace caer de su dignidad de sujeto, que “es en esta posibilidad misma de la anulación subjetiva que reside todo su ser, en tanto que ser existente”(“La lógica del fantasma”).

De esta manera, a partir de indicaciones que se encuentran en la clínica de Freud, Lacan llega a una teoría del fantasma bastante nueva. En efecto, el fantasma se articula a partir de una pregunta sobre el Otro, lugar del lenguaje, en el cual el sujeto busca saber lo que concierne a su ser. Es sin duda, porque él no sabe lo que el otro quiere de él que el sujeto supone lo peor, lo que lo conduce con frecuencia a una posición masoquista. Trataré de ser más precisa. El sujeto no puede ser enteramente definido por un significante que vendría a representarlo. El se encuentra reenviado sin cesar de un significante al otro y si debe situarse en algún lado es justamente en ese intervalo, en este corte entre dos significantes. Es porque él está sin recursos en este lugar donde el significante falta que se defiende en el fantasma, elidiendo un objeto que comporta él mismo esta dimensión del corte. Se puede pensar en este punto en el objeto parcial freudiano, el seno, las heces. Este objeto Lacan lo llama a y define el fantasma como la relación del sujeto a este objeto y demuestra que el deseo está cautivo en el fantasma. El fantasma así constituido para el sujeto aparece como los anteojos a través de los cuales cada uno aprehende la realidad, estructurada en el momento del conflicto edípico, según una metáfora sexual. La realización del fantasma, la puesta en acto del mismo, implica la ruptura de esta protección implicada en la metáfora de los anteojos.

Fantasma y pasaje al acto
Partiendo de la concepción del sujeto humano que hace del hombre un “ser-hablante” en donde habitar el lenguaje es accesible sólo a condición de estar separado del goce, el fantasma se considera como lo que regla la distancia del sujeto al goce, de manera tal que él sepa dónde ir a buscar los fragmentos de goce que le son permitidos a todo ser hablante, sin correr el riesgo de ser aniquilado. Decir esto es afirmar que el fantasma es para cada uno la ventana a través de la cual la realidad puede ser aprehendida. El fantasma, entonces, le va a permitir al sujeto ($) o sea separado del goce, recuperar fragmentos, pedazos de goce que Lacan escribe como a.

De esta manera Lacan va a escribir el matema del fantasma como $ a, en donde define todas las relaciones posibles del sujeto al goce; inclusión, exclusión, orientación hacia, disyunción, mayor que, menor que. El momento lógico en el cual el sujeto va a construir el fantasma es el complejo de Edipo. Armado de esta manera el sujeto va a poder aproximarse al goce por el camino de lo sexual. Esta primera teorización aunque breve, me permite pasar a la clínica de los estados límites. En efecto, esta ventana a través de la cual el sujeto mira, le va a permitir, en el marco de la cura analítica, saber algo, atisbar algo de lo que para cada uno es ese a. Pero esto sucede en la cura de los neuróticos, porque en los estados límites, el fantasma fracasa en su función de contener, de mantener acotado el goce (esto ocurre ante un elemento desencadenante igual que en las psicosis), y se produce una ruptura, la ventana va a ser franqueada, en esta especie de atravesamiento salvaje del fantasma que es el pasaje al acto. Esta evasión del sujeto por la ventana, evasión fuera de la escena de su fantasma, se produce cuando el sujeto "confrontado radicalmente a lo que él es como objeto para el Otro, reacciona bajo un modo impulsivo, con una angustia incontrolada e incontrolable, identificándose a este objeto que él es para el Otro, y se deja caer" (J. Lacan: Seminario X).

La ventana atravesada y el fantasma realizado en lo real no permite ya que el sujeto se mantenga separado del goce, es decir él es excluido de su condición de sujeto y pasa del lado del ser que es una condición deshumanizante. El pasaje al acto va a permitir que el sujeto vuelva a la escena. En este sentido, en mi opinión, puede ser entendido como una respuesta del sujeto en la urgencia, frente a una angustia a la cual se ve confrontado en esta posición en dónde él no es más que resto y no sujeto. Esta forma de abordar el fantasma en su relación al pasaje al acto me parece interesante, ya que muestra la posición subjetiva que le es propia al sujeto. Al franquear la ventana el sujeto es desalojado de una posición que regla su relación al lenguaje, o sea está desalojado de su posición de sujeto. A falta de identificación del lado del sujeto, pasa a identificarse del lado del ser, que es ser de desecho, objeto, y pasa al acto. Allí realiza lo que él es como objeto para el otro, es decir pone en acto lo que el Otro quiere de él. El goce reprimido se traduce sobre el plano clínico por un modo específico de su retorno en lo real.

Sin duda hay mucho para decir sobre este tema, lo que creo importante destacar es que Lacan pone de relieve y le da un valor en la teoría, a la afirmación que el fantasma es también lo que llamamos la realidad. Esto se pone de manifiesto en el curso de un análisis en el cual un paciente puede darse cuenta cómo las relaciones que le parecen bien reflexivas, racionales y realistas, son en el fondo determinadas por los escenarios inconscientes en los cuales él se encuentra sujetado sin saberlo.

Conclusión
A manera de conclusión y teniendo en cuenta los modos de retorno, me parece posible afirmar que las características de este retorno en cada una de las estructuras de las que vengo tratando es la siguiente: en las neurosis se produce el retorno de lo reprimido en el síntoma; en la psicosis el retorno del patrimonio de huellas mnémicas en lo real a través del delirio y en los estados límites el goce retorna en lo real bajo la forma de la realización en acto del fantasma.

Desde el punto de vista clínico la importancia de tomar en cuenta el pasaje al acto como realización del fantasma y respuesta del sujeto a una intrusión de goce es que nos enseña del sujeto, qué es aquello que lo ubica en posición de objeto del Otro. El análisis del fantasma en el trabajo de la cura, me parece una cuestión esencial tanto en el trabajo con neuróticos como en los estados límites de modo que el analizando pueda comprender la manera en la cual él se inscribe en su fantasma. Comprender esto implica salir de esta posición en la cual el sujeto sacrifica su vida ofrecida a un Dios oscuro para el cual tiene la misión de satisfacer todas sus demandas, aún las más mortíferas.

BIBLIOGRAFÍA
Freud, S.:
"Neurosis y psicosis" Obras Completas, Editorial Biblioteca Nueva, 1956, Madrid.
"La pérdida de la realidad en la neurosis y en la psicosis", ídem
"La división del yo en el proceso de defensa", ídem
"La división de la personalidad psíquica", ídem
Green, A.:
"La folie privée" Editions Gallimard 1990 Paris
Lacan, J.:
Seminario XIV: "La lógica del fantasma", inédito
Seminario X: "La angustia", inédito

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