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Buenos Aires - Viernes, 05 de Diciembre de 2008 |
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UNA MUJER CUALQUIERA
por Lic. Diego Luis Cordón
Queremos partir de una pregunta que Maud Mannoni se hace en su texto El niño retardado y su madre.
Se pregunta “¿Qué es, para la madre, el nacimiento de un niño?” (1)
Encontramos, al inicio de un trabajo de Marie-Magdeleine Chatel, otra frase que se nos hace enigmática. Dice: “Es imposible darse una razón de un hijo, esto no tiene límites. Hay una locura del parto” (2).
Intentaremos problematizar la pregunta de Mannoni, a la vez que trataremos de articularla con lo que enuncia Chatel.
Partamos de la misma pregunta de Mannoni.
¿Por qué, para Mannoni, se trata de una madre y no de una mujer? No haríamos mejor en preguntarnos ¿Qué es, para una mujer, el nacimiento de un niño?
Para Chatel, habría una locura del parto. Para otros, habría una locura maternal.
¿Por qué no plantear la pregunta diciendo que habría una locura de la mujer que la hace estallar en mil pedazos con el nacimiento de un niño?
Todo niño es una promesa. Todo niño es, al decir de Mannoni, un sueño que irá a llenar lo que quedó vacío en el pasado de la madre. O, para proseguir con nuestra propuesta, sería un sueño que completará algo que quedó vacío en el pasado de una mujer.
O, tal vez, podríamos decir que un hijo es una de las maneras por la que, una mujer, intentará colmar ese vacío en su historia.
También otra pregunta: ¿Se trata sólo de un vacío en su historia? ¿O se trata, más bien, de un intento de colmar un vacío por el cual nos hacemos sujetos, estando cada uno de nosotros ubicados en el lugar de una mujer o de un hombre?
Decíamos que un niño, para una mujer, es una promesa. Es una promesa de completud. Fallida como toda promesa. Fallida como toda completud.
Siempre recibimos algo distinto, y en menos, de lo que esperamos.
Pero, ¿qué sucede cuando el hijo que nace es enfermo, discapacitado?
La promesa es fallida desde el comienzo. La completud anhelada ya no será. Y ya no será, insistimos, desde el comienzo de la vida de ese niño. Y desde el mismo momento en que esa mujer se ha vuelto madre. Esa distancia que enunciábamos de que siempre lo que se recibe es menos y distinto de lo que se espera, es inmensa, abismal, inesperada en la mayor parte de los casos.
Zulema Fernández en su artículo Una promesa incumplida, dice: “en el discapacitado hay un cuerpo que vive, pero de una vida precaria y que no alcanza a ser existencia verdadera sino al término de un acontecimiento subjetivo del padre” (3).
Habría aquí, como lo hace Zulema Fernández, algunas diferencias a realizar con un hijo que muere. En ambos casos, se trata de una experiencia de duelo por una promesa que no se realizará jamás, aunque en este caso haya un cuerpo que vive. Pero aquí sólo queremos ocuparnos de esa vida precaria que habrá de llevar, hasta su muerte, un niño discapacitado... y su madre.
Para una mujer ¿cómo desear otra cosa que el hijo, sin convertirse en ‘madre frívola’, ‘madre distraída’, ‘puta’, ‘mala madre’, ‘desalmada’? (4)
Para una mujer, madre de un niño discapacitado, ¿cómo hacerlo?
Una madre, y es algo que vemos a menudo en la clínica, puede producir estragos en su hijo. Hace falta algo que posibilite la separación de la madre y del hijo. Ese padre puede ser cualquiera. Además, hombre o mujer. Pero, si bien puede ser cualquiera, debe ser alguien. Es una función.
Ese acontecimiento subjetivo del padre sólo será posible si ”el hombre que goza de una mujer y que la hace gozar sustrae ese goce al hijo del cual será el padre” (5). Podemos decir incluso que un hombre, ubicado en la posición anterior, para toda mujer, produce estragos.
¿Por qué utilizar la palabra estrago?
Observemos que, llamativa o sorprendentemente, el diccionario Salvat dice que estrago es un daño en guerra, mientras que el verbo estragar es viciar, corromper. Para Corominas estragar es asolar, devastar, que lo hace derivar del latín STRAGES, ruinas, devastación, matanza.
¿Se tratará entonces, con el advenimiento de un niño, de una guerra en la que, de lo que se trata es de conquistar al hijo bajo la forma de un botín que sea o para la madre o para el padre?
¿Se tratará de la bolsa o la vida? Recordemos que, en este caso, como en cualquier otra elección, y elijamos lo que elijamos, siempre hay alguna pérdida.
¿Habrá algún muerto al final de esta contienda?
Lo que nos sorprende es que, volviendo a la clínica, vemos que muy comúnmente quien resulta devastado, estragado, es aquel que ha permanecido ocupando el lugar del hijo, en tanto ubicado como objeto.
Esto es mucho más común en el caso de un niño discapacitado, quien habitualmente requiere de grandes cuidados por parte de un otro que satisfaga sus “necesidades”.
En Freud, la palabra estrago aparece tanto en la carta que le dirige Einstein preguntándole acerca del por qué de la guerra, como en la respuesta del propio Freud. Freud dice que “los conflictos de intereses entre los hombres se zanjan en principio mediante la violencia” (6).
En ese mismo texto, Freud afirma que en la guerra, violenta por definición, se trata de eliminar al adversario, mientras que con el advenimiento de la “cultura”, ya no fue necesaria esta muerte; nos contentamos con el sometimiento del adversario.
Esto nos remite directa e inexorablemente a Hegel cuando plantea la dialéctica del amo y del esclavo.
¿Pero es allí donde llega el psicoanálisis?
El psicoanálisis va más allá.
Superada la lucha por el puro prestigio, puramente imaginaria, ¿qué lugar se le asigna al hijo?
Volvamos a la clínica. Los juegos de poder entre la madre y el padre generalmente terminan con que el botín ha quedado en manos de la madre. El estrago, entonces, lo padece el hijo.
Pero hay otra pregunta que se hace Maud Mannoni: ¿en la discapacidad, en la relación madre-hijo, hay dos cuerpos? ¿O hay una cuestión que hace que la madre, viendo que su hijo es una promesa que nunca termina por cumplirse, determina que la gestación sea permanente en el afán de que alguna vez pueda terminar por cumplirse? En este caso, el hijo no estaría ubicado como botín porque no habría hijo.
El hijo terminaría por ser, imaginariamente, una parte de la madre en eterna gestación.
¿Acaso esto no sucede más comúnmente de lo que pensamos, y no sólo tratándose de la discapacidad...
...siempre y cuando no haya lo que llamábamos un acontecimiento subjetivo del padre?
NOTAS
(1)
Mannoni, Maud, El niño retardado y su madre. Editorial Paidós, Buenos Aires, 1982.
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(2)
Chatel, Marie-Magdeleine, A falta de estrago, una locura de la publicación. Litoral N° 17, Octubre de 1994, Edelp, Córdoba, Argentina, 1994.
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(3)
Fernández, Zulema, Una promesa incumplida. Litoral N° 23/24, Abril de 1997, Edelp, Córdoba, Argentina, 1997.
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(4)
Chatel, Marie-Magdelaine, op. cit.
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(5)
Chatel, Marie-Magdelaine, op. cit.
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(6)
Freud, Sigmund, ¿Por qué la guerra?. Obras Completas, Amorrortu editores, Tomo XXII, Buenos Aires, 1979.
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