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Buenos Aires - Viernes, 05 de Diciembre de 2008 |
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LENGUAJE Y ESCRITURA: SUS ORÍGENES
PARTE I: ORIGEN DEL LENGUAJE
por Lic. Norma Alberro
Introducción
A todos los niveles de civilización y desde los tiempos más remotos, una de las preocupaciones fundamentales del hombre ha sido la investigación sobre sus orígenes. Esta necesidad de explorar las raíces de nuestra condición humana es tan profunda que no puede responder solamente a la curiosidad. La prehistoria es sentida por muchos historiadores como un asunto personal. Las noticias de los hallazgos arqueológicos despiertan en cada hombre el sentimiento de un retorno y, en algunos, provoca la tentación de desentrañar la tierra a la búsqueda de un misterio escondido, como hace el niño cuando desarticula un juguete para saber cómo funciona.
La búsqueda del misterio de los orígenes y los sentimientos complejos sobre los cuales se funda, nacieron con los primeros atisbos de reflexión, puesto que ya el hombre de Neandertal, hacia el final de su historia, recogía fósiles y piedras de forma curiosa. Si bien es difícil adjudicarle al hombre de Neandertal preconcepciones científicas análogas al historiador actual, sin embargo, es fácil encontrar bajo el interés científico manifiesto del hombre moderno, los mismos sentimientos dirigidos hacia lo que está oculto bajo la tierra y hacia el pasado. La necesidad del hombre de volver a las fuentes es tan antigua como la existencia misma de lo humano. El ser humano necesita saber de dónde viene y hacia dónde va. Esta necesidad es el motor de su búsqueda, sea o no un científico.
La investigación sobre el origen del lenguaje es una de esas preocupaciones ancestrales que el hombre nunca abandonó. La pregunta sobre su origen implica otras dos cuestiones: saber qué es el lenguaje y cómo fue pensado a través de los siglos y por las diversas corrientes de pensamiento. Cada época y cada civilización, según su particular sistema de conocimientos, creencias e ideologías, responde a una diferente concepción del lenguaje. Así, la época cristiana hasta el siglo XVII, sostenía un punto de vista teológico del lenguaje al interrogar sus orígenes. El siglo XIX, dominado por el historicismo, consideraba el lenguaje como una evolución, un progreso a través de las diferentes épocas. Actualmente, el lenguaje es visto como un sistema de funcionamiento y son las leyes de ese sistema el centro de interés de las investigaciones lingüísticas.
1- ¿A qué llamamos lenguaje?
El lenguaje ha sido objeto de reflexión desde hace varios siglos. La lingüística, en cambio, en tanto ciencia particular del lenguaje, es bastante reciente. Desde la formación de esta ciencia y hasta nuestra época actual, el lenguaje es considerado como aquello que define la naturaleza humana y constituye la vía de acceso para comprender las leyes del funcionamiento social. En el abordaje del lenguaje es importante destacar dos cosas: el hombre habla, realiza una práctica, pero no sabe cómo ni desde cuándo habla. La ciencia lingüística desprende de esta práctica humana milenaria un objeto de estudio: el lenguaje como conocimiento científico, y lo incluye como una de las manifestaciones significantes del hombre. En el primer movimiento el sujeto habla, dice; en el segundo movimiento la nueva ciencia aísla del sujeto hablante aquello que lo constituye como ser hablante y le hace decir cómo él dice cuando habla. Este segundo movimiento permite al hombre analizarse como un lenguaje y no como una entidad completa.
Esta ciencia ha permitido desmitificar el lenguaje del hombre y liberarlo de las ideologías y creencias religiosas por un lado y, por otro lado, del culto al Hombre surgido en el Renacimiento. La época actual privilegia el lenguaje y reemplaza al hombre por un sistema accesible al análisis científico: el lenguaje.
En cualquier momento histórico que se tome para comprender el lenguaje, —ya sea en la antigüedad más alejada, entre los pueblos salvajes, o en la época moderna— éste se presenta como un sistema complejo en donde se mezclan problemas de orden diferentes. Julia Kristeva, afirma que, ante todo, visto desde el exterior, el lenguaje reviste un carácter material: es una cadena de sonidos articulados, pero también es una red de marcas escritas (escritura), y un juego de gestos (gestualidad). Desde este enfoque, el lenguaje nos plantea un interrogante: ¿cuáles son las relaciones entre la voz, la escritura y el gesto? (Le langage, cet inconnu). Por otro lado esta materialidad del lenguaje en cualquiera de sus tres formas, produce y expresa un pensamiento. Es posible afirmar que el lenguaje es la condición de posibilidad del pensamiento: es su única forma de ser, es su realidad y su realización. Actualmente resulta imposible afirmar la existencia de un pensamiento extralingüístico. Si bien se destacan ciertas diferencias entre la práctica del lenguaje que sirve para la comunicación y aquella del sueño o de un proceso inconsciente, la ciencia moderna intenta ampliar el concepto de lenguaje de manera que puedan ser incluidos estos fenómenos que, a primera vista, parecen escaparse de esta noción.
El lenguaje, entonces, es la materia del pensamiento y es también, el elemento mismo de la comunicación social. No hay sociedad sin lenguaje. Todo lo que se produce como lenguaje se realiza para ser comunicado en el intercambio social. Desde el momento que el hombre primitivo comenzó a hablar, por este acto, fue introducido en la dimensión social, es decir en un sistema de intercambio y de comunicación con el otro, con su semejante. Afirmaciones tales como “el hombre habla” y “el hombre es un animal social”, son tautológicas, son sinónimos, puesto que el lenguaje es la dimensión social de lo humano.
Es posible definir el lenguaje, entonces, como un proceso de comunicación de un mensaje entre dos sujetos hablantes, siendo uno el emisor y el otro el receptor. Ahora bien, cada sujeto hablante es al mismo tiempo el emisor y el receptor de su propio mensaje, ya que es capaz de emitir un mensaje y de descifrarlo. Así, el mensaje destinado a otro es, ante todo, destinado a sí mismo, a quien habla; de allí que hablar equivale a hablar-se.
Vemos que el circuito de la comunicación lingüística así establecido, nos introduce en un complejo dominio del sujeto, de su constitución respecto de su otro, de su manera de interiorizar este otro para confundirse con él.
El signo lingüístico
La idea que el signo lingüístico es el núcleo central de la lengua es común a varios pensadores y escuelas de pensamiento desde la Antigüedad Griega hasta la Edad Media, y hasta nuestros días. Todo locutor o emisor, es consciente del hecho que el lenguaje simboliza, que representa, —al nombrarlos—, los hechos y objetos reales. Los elementos de la cadena hablada, las palabras, están asociados a ciertos objetos o hechos que esos elementos significan. El signo se dirige a alguien y evoca para éste un objeto o un hecho en ausencia de este objeto o hecho.
De Saussure observa en su Curso de lingüística general (1916), que sería ilusorio creer que el signo lingüístico asocia una cosa y un nombre; el vínculo que el signo establece es entre un concepto y una imagen acústica. Este último no es el sonido, sino “la huella psíquica de este sonido, la representación que nos da el testimonio de nuestros sentidos”. Para este autor, el signo es una realidad psíquica de dos fases: una es el concepto, la otra es la imagen acústica. Estas dos fases inseparables del signo, para de Saussure representan las dos caras de una misma hoja, y llama significado al concepto y significante a la imagen acústica. El signo lingüístico es definido por la relación que se establece entre el significado y el significante, de donde queda excluido el objeto, designado bajo el término de referente. Esta relación es arbitraria, es decir que no hay relación necesaria entre el significante y el significado. El mismo significado “piedra” tiene por significante en francés pierre, en ruso kame, en inglés stoun, en chino shi. Esto no quiere decir que los significantes sean elegidos en forma voluntaria e individual, cada uno elige su significante y, en consecuencia, pueden ser cambiados a voluntad. Al contrario, lo “arbitrario” del signo es normativo, absoluto, válido y obligatorio para todos los sujetos que hablan la misma lengua. La palabra arbitrario, significa más exactamente, inmotivado, es decir que no hay una necesidad natural o real que ligue el significante al significado.
Esta noción del signo arbitrario fue criticada por Benveniste, entre otros. El afirma que la relación significante-significado no es arbitraria, sino necesaria; el concepto y la imagen acústica son inseparables y se encuentran en una “simetría establecida”. Lo que es arbitrario es la relación del signo (significante-significado) con la realidad que el signo nombra (el referente), es decir con la realidad exterior que él simboliza. El estado actual de la ciencia lingüística ha encontrado una explicación solamente filosófica o teórica a este problema.
Estudiar el lenguaje implica dar cuenta de la multiplicidad de sus aspectos y funciones para poder establecer un conocimiento más preciso y acabado del funcionamiento significante del hombre. Para ello es necesario conocer tanto el lenguaje vocal —sonoro—, como la escritura; la lengua tanto como los discursos, el sistema de enunciados en sus relaciones con el sujeto de la comunicación. Este vasto conocimiento es una forma de aproximarse a las leyes específicas del trabajo de lo simbólico.
2- El lenguaje y la historia
La reflexión sobre el lenguaje es contemporánea de la historia de la civilización, sus huellas aparecen en los primeros documentos de que disponemos. No podría ser de otro modo: la escritura que ha conservado esos textos, se basa precisamente en un análisis preliminar del lenguaje. Antes de la escritura, toda aprehensión directa del lenguaje es irrealizable.
Las investigaciones sobre el lenguaje se afirman en el momento en que aparecen las primeras gramáticas y se prolongan durante el transcurso de la historia occidental, hasta la primera mitad del siglo XIX. El primer texto que disponemos es la gramática sánscrita de Panini (alrededor del siglo IV a.C.). Esta obra marca el comienzo de los estudios de lingüística que se van a prolongar hasta el período moderno.
Paralelamente a estos trabajos sobre la lengua y el habla —la sonoridad del lenguaje— se han desarrollado varias teorías y debates acerca del origen del lenguaje en el ser humano, que intentan dar cuenta del estado del mismo antes del surgimiento de los sistemas fonéticos.
Los primeros proyectos en este sentido debieron confrontarse con una presunción ideológica basada en un juicio teológico: el mito de un lenguaje y de una escritura primitiva y natural dada por Dios (Génesis) y en la escritura hebraica que afirma que sus caracteres son los más antiguos y han sido trazados por el propio dedo del Dios soberano.
En efecto, en las Sagradas Escrituras, específicamente en el Génesis se encuentra este enlace natural del lenguaje con las cosas, para mostrar el origen mítico del mismo. Cuando Dios creó el hombre le dio por compañera la mujer; ¿pero cómo se iban a entender si no poseían el don de la palabra? Dios le enseña a hablar a Adán; citemos el texto: «Y Yahvé Dios trajo ante el hombre todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera» (Génesis 2.19).
Dios enseña a hablar al hombre de una manera absolutamente natural, es decir ver y extraer de la sustancia perceptiva la esencia que define el objeto visto, y entre estas cosas percibidas aquellas que, para Adán, eran las más familiares. Él dio a cada animal el nombre que expresaba su propia naturaleza; vale decir la palabra era semejante al objeto que designaba. En este acto de imponer un nombre, Adán ejerce su dominio sobre los animales, de la misma manera que Dios marcó su imperio sobre el hombre al darle el nombre de Adán. Dar un nombre es una marca de autoridad sobre el nombrado. Es, también, dar prueba de una profunda sabiduría saber nombrar cada cosa por su nombre. Era necesario, entonces, que el primer hombre fuera revestido de un conocimiento perfecto de la naturaleza de las cosas, para poder dar a éstas un nombre conforme a sus propiedades intrínsecas. Por este acto de Dios, se ha depositado en el mundo las palabras: Adán ve y lee las marcas en las cosas y las nombra. El lenguaje primitivo era un signo cierto y transparente de las cosas.
En otro pasaje bíblico, es posible leer cómo la palabra de Dios es una escritura. Leemos en Ezequiel lo que Dios le dice: «“Diles lo que yo te diga, óigante o no te oigan, porque son muy rebeldes. Tú, hijo de hombre escucha lo que te digo,... abre la boca y come lo que te presento”. Miré y ví que se tendía hacia mí una mano que tenía un rollo. Lo desenvolvió ante mí, y vi que estaba escrito por delante y por detrás, y lo que en él estaba escrito eran lamentaciones, elegías y guayes. Y me dijo: “Hijo de hombre, come eso que tiene delante, come ese rollo y habla luego a la casa de Israel”. Yo abrí la boca e hízome él comer el rollo,... yo lo comí y me supo a mieles. “Ve, llégate a la casa de Israel y háblales mis palabras”» (Ezequiel, 2-3-4).
Si nos detenemos a reflexionar en esta cita, surge como un hecho evidente que el lenguaje escrito se absorbe, se asimila y se hace carne en el sentido estricto de la palabra. Se hace cuerpo del sujeto, forma parte de su naturaleza corporal, y lo une a lo real de una manera indisoluble. Lo escrito es lo real inscripto en el cuerpo. El lenguaje sostenido entre Dios y los profetas es de acción basado en los sentidos; Dios envía estos mensajes y los profetas lo ven, lo leen, lo incorporan y lo realizan. El sentido natural de esta acción expresiva conduce a la significación buscada.
La palabra se vuelve escritura, la cual es una trascripción de la palabra divina, y ésta es, a su vez, el doble de lo escrito. La Ley fue escrita y confiada a las Tablas. Las Tablas reproducen esta repetición: la palabra divina es «ya» escritura, es la ley de Dios escrita. La verdadera Palabra: el Verbo, hay que ir a buscarla en las Escrituras. Todo esto da testimonio de la anterioridad de la escritura respecto del habla. Lo escrito ha precedido al habla en la naturaleza y en el saber de los hombres, y se ha transformado en sagrada debido precisamente a su origen, esto es el de revelar la naturaleza de las cosas.
En cuanto a las diversas teorías acerca del origen del lenguaje, surgieron en el siglo XVII y se extendieron hasta el siglo XVIII y parte del siglo XIX, con Rousseau (1712–1778) y Condillac (1714–1780) en Francia, Vico (1668–1744) en Italia, y Warburton (1716–1779) en Inglaterra, entre otros. Estos autores son los exponentes de un movimiento hacia la Naturaleza (con mayúscula) para dar cuenta de la evolución y el progreso del conocimiento humano.
El movimiento naturalista del siglo XVIII es comparable al de la astronomía en el siglo XVI. En efecto, una gran parte de la organización universal es revelada en su realidad, poniendo en tela de juicio, los fundamentos de la filosofía religiosa. El huracán enciclopedista del final del siglo XVIII se anuda en las consideraciones de las ciencias naturales. Las concepciones sobre la naturaleza del hombre están en el centro de este movimiento racionalista que rompe con las afirmaciones de la civilización tradicional. El sistema de pensamiento establecido en ese siglo, sigue aún en vigencia en nuestro tiempo.
En este período, la influencia de Condillac sobre el planteamiento de la cuestión del origen del lenguaje fue muy importante y abarcó casi un centenar de años. El interés principal de la obra de este autor, consiste en su afirmación de que el lenguaje no es un mero instrumento de expresión y comunicación del pensamiento, como pensaba Locke siguiendo a Platón y Aristóteles, sino que constituye un medio que posibilita, una vez alcanzado, dado su carácter simbólico, un cambio cualitativo en el propio pensamiento, una reorganización de los propios procesos del entendimiento.
Esta idea central es lo que da unidad a las formulaciones de Condillac acerca de sus dos teorías fundamentales: la de los signos y la del origen “histórico” del lenguaje, como clave para entender el progreso humano. Estas afirmaciones han recibido un tratamiento naturalista, dominante en la época de la Ilustración, que hizo de la Naturaleza su piedra de toque metafísica, y que encuentra su máxima expresión en el modo de plantear el origen del lenguaje, a través de una hipótesis reconstructiva, ajena a la narración bíblica.
Con el Romanticismo y el Idealismo del siglo XIX, Condillac, así como el movimiento iniciado por estos pensadores, pasaron al olvido. En efecto, en 1860, la Sociedad Lingüística de Paris, prohibió tratar en su ámbito la cuestión del origen del lenguaje por considerarla a-científica. Esta prohibición nunca fue levantada hasta ahora.
Es cierto que reflexionar sobre la historia del lenguaje no puede hacerse sino sobre el plano de las conjeturas. Antes de la escritura, toda comprobación directa del lenguaje es imposible. Los filósofos del siglo XVIII se influenciaron mutuamente, y las afirmaciones sobre el origen del lenguaje estaban basadas en conjeturas, ya que no disponían de documentos, ni de pruebas sonoras que den cuenta del estado del lenguaje articulado en los primeros tiempos de la humanidad. Puesto que, por mucho esfuerzo que se hiciera en imaginar las articulaciones vocales de los antiguos humanos respecto a la infancia de su lenguaje oral, los mitogramas de los antropólogos (lejanos ancestros de los pictogramas) cubren sólo las paredes de las cavernas. La voz no ha dejado fósiles.
Estudios antropológicos del lenguaje
Los estudios arqueológicos, etnológicos, históricos y antropológicos del hombre prehistórico, nos dan ciertos índices acerca de la manera de vivir de estos hombres primitivos. Los antropólogos han descubierto ciertos indicadores del lenguaje en los primeros hombres a partir del estudio del cráneo. Algunos de estos investigadores han ligado al ejercicio del lenguaje, las diferencias en la estructura de la mandíbula y la importancia de las crestas de inserción de los músculos de la lengua. Pero la cuestión del lenguaje no se resuelve con estos rasgos, ya que los movimientos de la lengua han tenido una significación alimentaria antes de tener una función fonética. Si es necesario localizar en algún lado la función del lenguaje es más en el cerebro que en la mandíbula. Poco entonces, es lo que pueden aportar estos resultados.
Ahora bien, como el signo lingüístico no contiene el sonido material, es decir el significante es la "imagen acústica", según de Saussure, y no el ruido concreto, en consecuencia, es necesario distinguir ese sonido, portador de sentido, de los diferentes gritos que sirven de medio de comunicación entre los animales y en el hombre primitivo. El sonido lingüístico se funda en un sistema de diferenciación, de significación y de comunicación que constituye propiamente la lengua y pertenece a la sociedad humana. Este sonido se produce por medio de los órganos de la palabra. Órganos tales como los pulmones, la laringe, la nariz, la lengua, los dientes y los labios, participan en la articulación de la palabra, pero no se puede afirmar que el lenguaje constituye una función biológica. Tampoco puede decirse que sea una función localizada en el cerebro, aunque existan zonas cerebrales acústicas, visuales y de coordinación motora, que son llamadas por los psicofisiólogos: centros del lenguaje.
Estas investigaciones no pueden explicar el salto cualitativo que el animal humano efectúa cuando comienza a marcar las diferencias en un sistema que se transforma en una red de significaciones a través de las cuales el sujeto se comunica con la sociedad. Esta red diferenciada de significación no está localizada en el cerebro, ni en ningún otro lado. Es una función social sobredeterminada por los procesos del intercambio y del trabajo social.
Sin embargo las investigaciones realizadas por los paleontólogos y arqueólogos en los mamíferos superiores, acerca del desarrollo del dispositivo de coordinación entre las acciones ejecutadas por la mano y las de la cara, especialmente la visión, han conducido a conclusiones más certeras. Uno de ellos, André Leroi-Gourhan (Le geste et la parole) sostiene la tesis que el lenguaje hablado, el escrito y el arte figurativo se confunden en lo que él llama “la pareja intelectual fonación - grafía”.
Según este autor, es el símbolo gráfico lo que constituye el verdadero salto exclusivamente humano, y en consecuencia, el lenguaje humano existe desde el momento que existe el símbolo gráfico. Por otro lado, para construir un símbolo gráfico el hombre necesitó crear, con sus manos, herramientas. Cuando el hombre fabrica estos utensilios concretos para su uso, al mismo tiempo crea símbolos. Esto lleva a considerar que el lenguaje es tan característico del hombre como la fabricación de las herramientas. Para este autor hay posibilidad de lenguaje a partir del momento en el cual la prehistoria nos entrega herramientas fabricadas por el hombre, ya que herramienta y lenguaje (manos y cara: visión) están unidos neurológicamente y porque uno y otro son indisociables en la estructura social de la humanidad.
Algunas teorías sobre el lenguaje
Se puede considerar que el lenguaje ha sufrido un período lento de desarrollo, de progresión laboriosa hasta concluir en este sistema complejo de significación y comunicación que es en la actualidad. Sin embargo hay hipótesis que se oponen a admitir una evolución lenta del lenguaje y piensan que este surgió como un sistema formalmente completo desde el principio. Entre los autores que defienden esta tesis se encuentra Claude Lévi-Strauss. Considera este autor, que toda cultura es un conjunto de sistemas simbólicos entre los cuales el lenguaje ocupa el primer lugar seguido de la reglas matrimoniales, las relaciones económicas, el arte, la ciencia y la religión. Lévi-Strauss renuncia a buscar una teoría sociológica que explique el simbolismo y se dedica, en cambio, a buscar el origen simbólico de la sociedad.
Las investigaciones modernas sobre el lenguaje, aseguran que éste es arbitrario. A partir de la experiencia de la diversidad de lenguas es muy difícil oponerse a esta afirmación. Pero, también es difícil aceptar que haya sido así desde el comienzo de los tiempos. Esto equivaldría a pensar que el lenguaje surgió de la nada y siempre fue arbitrario y organizado, tal como lo conocemos hoy en día. Es muy dudoso que sea así y es imposible sostener, sobre bases sólidas, tal afirmación.
La prohibición de plantear el origen del lenguaje creó, también, un vacío en la historia de la escritura. Sin embargo los mismos autores que se ocuparon del lenguaje, han incluido en sus obras algunas reflexiones acerca de la historia de la escritura en las que se plantea la relación que ésta mantiene con el habla.
Lo que estos autores del siglo XVIII sostienen respecto del origen del lenguaje puede sintetizarse como sigue: el hombre primitivo, —en el paleolítico superior— (35.000 a.C.) recurría a medios de expresión diversos, que iban desde el lenguaje oral al dibujo, pasando por los gestos, los nudos, las ranuras en la madera, las marcas en la piedra y en los huesos, etc.
Rousseau (Ensayo sobre el origen de las lenguas) al referirse al origen del lenguaje, afirma “Lo que los antiguos decían con más énfasis no lo expresaban a través de las palabras sino por signos, no lo decían sino que lo mostraban”. El lenguaje sonoro en los primeros siglos de la humanidad, —según este autor— ha sido rudimentario y equívoco. Los primeros hombres encontraban dificultades para hacerse entender los unos a los otros. Los primitivos humanos que vivían en las cavernas de una manera bestial, articulaban sonidos confusos e indeterminados, sin significado alguno. Los hombres nacidos de esta manera llevaban una vida salvaje. Cada uno iba por su lado a buscar alimentos en los campos: frutas y hierbas que crecían sin ser cultivadas. Con frecuencia eran atacados por los animales feroces, lo cual hace surgir en ellos la necesidad de agruparse con el fin de ayudarse mutuamente.
Reunidos por el miedo, los humanos comenzaron a acostumbrarse uno al otro. Al comienzo tenían una voz confusa e inarticulada, pero al pronunciar diferentes sonidos a medida que se iban mostrando diferentes objetos, llegaron a formar una lengua propia para expresar todas las cosas. Estos pequeños grupos reunidos al azar en varios lugares y sin comunicación los unos con los otros, han sido el origen de las diferentes naciones y han dado lugar a la diversidad de lenguas. Tan pronto como el hombre fue reconocido por otro ser pensante, dotado de sentidos, o sea su semejante, el deseo y la necesidad de comunicar sus sentimientos lo forzaron a buscar y crear los medios para establecer dicha relación.
De esta manera, buscando ayudarse mutuamente, llegaron a convenir el uso de signos y marcas con el fin de comunicarse entre ellos. Cada grupo poseía su sistema de signos elegidos en forma arbitraria. Así nacieron las diferentes lenguas. La conversación en los primeros tiempos de la humanidad, fue sostenida por un discurso en el que se entremezclaban los sonidos por un lado, y los gestos y las acciones que representaban las cosas, por otro. Esta es la teoría resumida de Rousseau.
La teoría de Condillac
La primera forma de comunicar las ideas ha sido a través de marcas y del simple dibujo de las cosas. Así, para expresar la idea de un hombre o de un toro, se procedía a dibujar la forma de uno o del otro. Esta es la tesis de Condillac, que la expresa de la siguiente manera: “Los hombres en estado de comunicar sus pensamientos mediante los sonidos, sintieron la necesidad de imaginar nuevos signos que pudieran perpetuar los mismos y darlos a conocer a las personas ausentes. Entonces, su imaginación no puede presentarles más que las mismas imágenes que ellos habían ya experimentado mediante acciones y palabras, y que desde el comienzo, habían transformado el lenguaje en figurado y metafórico. El medio más natural fue, entonces, dibujar las imágenes de las cosas. Para expresar la idea de un hombre o de un caballo, se representa la forma de uno o del otro, y el primer ensayo de la escritura fue una simple pintura”.
Condillac propone en su obra Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos, un escenario hipotético-reconstructivo, en el que distingue diversos estadios, extendidos temporalmente, con cambios graduales y progresivos, en el proceso de aparición del lenguaje convencional, que requiere signos convencionales para poder ser establecido.
Este escenario presupone distinciones entre los signos que se reducen a tres: los signos naturales, “los gritos que la Naturaleza ha establecido para los sentimientos de gozo, de temor, de dolor, etc.” (1ª Parte, Sec. 2ª, Cáp. 4, § 35), en los que la conexión signo-idea es constante y general; signos accidentales, “o los objetos que algunas particulares circunstancias han enlazado con algunas de nuestras ideas, de suerte que son apropiados para despertarlas” (ídem); y los signos establecidos o convencionales, “que hemos escogido nosotros y solamente tiene una relación arbitraria con nuestras ideas “(ídem).
En el primer estadio, la comunicación sería un proceso puramente instintivo, los signos naturales son emitidos como reacción a circunstancias ambientales presentes, momentáneas, para la satisfacción de necesidades básicas. En algunos casos, estas conductas involucrarían nuevos gestos que podrían despertar en el otro individuo una conducta de colaboración. Por ejemplo, uno intenta agarrar algo sin conseguirlo, pero es un objeto que sirve para satisfacer sus necesidades, por lo tanto no obtenerlo le produce displacer, dolor, sufrimiento. Para alcanzar el objeto deseado, el hombre no se contentaba sólo con lanzar gritos (signos naturales) sino que agitaba su cabeza, sus brazos y todas las partes de su cuerpo (signos accidentales). El otro lo ve, se conmueve por este espectáculo y siente interés por brindarle su ayuda.
Este componente cooperativo del lenguaje, sin intención de comunicación, crea gestos nuevos, accidentales, que se convierten en signos en virtud de su conexión con las circunstancias de su emisión, que les concede transparencia semántica, inteligibilidad contextual y, como resultado, logra la satisfacción de las necesidades básicas.
De esta manera, se pasa al segundo estadio, en el que estos gestos se desarrollan ya como signos, como anticipaciones de lo que se busca, para obtener así la ayuda de otros. Por este camino estos signos, sirven a la comunicación entre los individuos. No se trata de comunicación convencional, intencional, sino conductas producto del refuerzo asociativo entre estado interno, gesto y contexto, sin comprensión aún de esta triple ligazón. Se constituye de esta manera, lo que Condillac llama “lenguaje de acción”, un lenguaje gestual, de signos naturales o accidentales que son emitidos instintivamente y que son comprendidos por su clara dependencia contextual. El uso continuado de estos signos, condujo a estos hombres primitivos a reconocer los sentimientos que acompañaban dichos signos. Enseguida los utilizaron para comunicarse los sentimientos que habían experimentado. También les permitió perfeccionar estos signos y hacer más familiar su uso.
Una vez adquirido el hábito de ligar algunas ideas a signos accidentales, los gritos naturales le sirvieron de modelo para crear un nuevo lenguaje. “Ellos articularon nuevos sonidos, y al repetirlos varias veces acompañándolos de algún gesto, indicador de los objetos que deseaban destacar, se acostumbraron a dar nombres a las cosas” (2ª parte, 1ª Sec., Cáp. 1, § 6). Estos nombres son los signos arbitrarios, convencionales, a los que el hombre llegó muy lentamente.
A partir de la creación del signo arbitrario, se puede demarcar una verdadera evolución hacia el lenguaje articulado tal como lo conocemos en la actualidad.
La teoría de Vico
De todos los autores que han escrito sobre el origen del conocimiento humano, incluido el lenguaje y la escritura, elegí a Giambattista VICO (1668–1744), filólogo napolitano, puesto que me parece la teoría más adecuada para explicar el origen de la escritura jeroglífica.
Vico desarrolla una teoría de los orígenes de la humanidad a partir de una metafísica y de una lógica que él llama “poéticas” en oposición a la metafísica y a la lógica de los filósofos. La metafísica en tanto que doctrina del ser y la lógica en tanto doctrina de la significación, constituye para él la “sabiduría poética”.
Para penetrar en la mentalidad de los primeros hombres o como él los llama “los fundadores de las naciones”, Vico tuvo que, según sus propias palabras: “Descender de nuestra naturaleza humana civilizada hasta aquella salvaje y cruel de los primeros pueblos paganos. Esta naturaleza es difícil de imaginarla y apenas podemos comprenderla” (§338). Un hilo conductor guiará a este filósofo hasta los que él denomina “il bestioni”, es decir las bestias, o también “los gigantes”. El axioma de Vico es el siguiente: “A pesar de lo estúpidos e insensatos que hayan sido, no dejaron de ser hombres y en consecuencia los principios de su sabiduría, aunque muy alejados de la nuestra, pueden ser encontrados en el interior del espíritu humano” (§374).
Los “bestioni” tenían su espíritu insertado en el cuerpo, estaban dotados de “robustos sentidos y de una vigorosa imaginación”. En cambio, eran incapaces de razonamiento y su “metafísica”, es decir su aprehensión del ser no era “ni razonada ni abstracta sino sensible e imaginada” (§375), es decir, en una palabra “poética”. La poesía así entendida, no es un arte que se le agrega al pensamiento racional, sino la única manera posible para el primitivo de pensar, de expresarse, de vivir y de mantener relaciones con las cosas y con los otros hombres; en una palabra: “de hacer” el mundo, de construirlo. Esta facultad de creación en el sentido etimológico de la palabra poesía, (derivado del griego poiétés: hacedor, creador, derivado del verbo poiéó: yo hago) tiene para Vico una función trascendental que pasaré a analizar.
La facultad poética por excelencia es la imaginación que Vico llama fantasía y juega un rol de mediación entre la pura sensibilidad y el pensamiento racional. Los sentidos nos dan acceso a lo particular concreto, la razón nos hace llegar hasta lo universal abstracto. La imaginación forma imágenes particulares concretas, pero estas imágenes tienen un poder universalizante, en la medida en que pueden condensar bajo una imagen única una pluralidad de individuos. Estas imágenes juegan el rol de lo que Vico llama “los universales fantásticos”. Para él fantástico significa imaginativo: lo que se relaciona con la imaginación. También los llama “géneros fantásticos” o “caracteres poéticos”.
El vocabulario empleado por él tiene su importancia. Los universales o géneros fantásticos remiten por oposición a los universales o géneros inteligibles de la escolástica que se identifican con las ideas abstractas. Los “caracteres” son en principio una marca, una huella material, un signo, un trazado, antes de volverse una letra escrita. Cuando Vico utiliza indistintamente “universal fantástico” o “carácter poético” significa que para él los primeros hombres piensan a través de caracteres, de marcas, de figuras, de letras que les sirven para orientarse en el mundo, para reconocerlo y hacerlo suyo.
Dice textualmente: “Los primeros hombres, que eran los niños del género humano, eran incapaces de formar los géneros inteligibles de las cosas; de modo que se encontraron en la necesidad natural de forjar los caracteres poéticos, que son géneros o universales fantásticos, para usarlos como modelo o retratos ideales y reunir en ellos aquellos aspectos particulares que guardaban cierta semejanza con el género que les corresponde” (§209). Los dioses de la religión pagana son para Vico universales fantásticos o caracteres poéticos y fueron los primeros en ser forjados por estos hombres. Júpiter, Cibeles y Neptuno, significaban las cosas pertenecientes al cielo, a la tierra y al mar. A Flora pertenecían todas las flores, a Pomona todos los frutos (§402). Esas imágenes, esas figuras, alrededor de las cuales se organiza y toma sentido lo real, son el efecto de un movimiento de proyección que es un acto poético o creador por excelencia, puesto que da a la cosa imaginada una existencia independiente. En virtud del axioma de Vico, según el cual “... el hombre, a causa de la naturaleza indefinida de su espíritu, cuando está sumergido en la ignorancia, hace de él mismo la regla del universo” (§120), los primitivos atribuyen al mundo que ellos crean por medio de su imaginación, una estructura antropomórfica. Vico compara este hecho con el juego de los niños que cuando tienen un objeto les hablan y lo tratan como si fueran seres vivientes. Es decir que “los niños de la humanidad crearon las cosas a partir de la idea que ellos tenían de ellos mismos” (§§ 375,376).
Por medio de este trabajo poético, el hombre da sensibilidad y pasión a las cosas desprovistas de ellas; y en este acto poético “el hombre a partir de sí mismo, hace un mundo entero” (§186), en virtud de una metafísica de la imaginación que quiere que el hombre cuando no comprende algo, se identifique con la cosa. Comprender las cosas es asimilarlas a su inteligencia, no comprenderlas es asimilarse a ellas, transformarse en esas cosas. Y, por un efecto de rebote, estas “creaciones poéticas” reaccionan sobre su autor, es decir sobre los hombres, que se sienten perturbados por lo que ellos mismos han imaginado.
Sucede lo mismo con la “lógica poética”, que considera las cosas según las categorías de la significación y no las del ser. La teoría de los universales fantásticos y de los caracteres poéticos es, al mismo tiempo, una teoría del conocimiento y una teoría de la significación y de la expresión.
Es con los caracteres poéticos que los primeros pueblos piensan y hablan naturalmente. La poesía crea un mundo hablándolo por una palabra que fue al principio “muda”. Es muy pertinente servirse del término lógica poética, nos dice Vico, ya que lógica viene de logos que significa lenguaje, fábula, mito. En el logos la idea y la expresión de la idea son inseparables. Al principio el logos era mudo. Los primeros hombres cuyas gargantas eran poco flexibles para modular sonidos, “se expresaban por signos, gestos u objetos que guardaban una relación natural con las ideas que querían significar” (§§225, 401). Es a esto que Vico llama “lenguaje natural”, rompiendo con la tesis prevalente desde “De Interpretaciones” de Aristóteles, según la cual las palabras tienen un origen convencional. Pero este lenguaje natural no expresa la naturaleza de las cosas, como lo hacía la lengua de Adán a quien Dios le otorga la “divina onomatopeya”, es decir, el poder de imponer nombres a las cosas según la naturaleza de esas cosas, sino que se trata del lenguaje del hombre caído, inmerso en el cuerpo, con sus sentidos y su imaginación desmedidas: “Un lenguaje fantástico procediendo por sustancias animadas, imaginadas en su mayor parte como siendo de origen divino” (§401). Y precisa aún: “En todas las lenguas, la mayor parte de las expresiones relativas a las cosas inanimadas están formadas por metáforas construidas a partir del cuerpo humano y de sus partes, y a partir de los sentidos y de las pasiones del hombre” (§405).
El carácter mudo del primer lenguaje, anterior al lenguaje articulado, explica porqué Vico se niega expresamente a dar un origen separado a las lenguas y a las escrituras. “Desde el principio, todas las naciones hablaban escribiendo, ya que al comienzo ellas eran mudas” (§429). Los “signos, gestos u objetos” de los cuales se servían para significar constituían ya una escritura, una escritura que Vico califica de “jeroglífica”, es decir sagrada o divina, que corresponde al pensamiento por “caracteres poéticos”(§429). Los pictogramas egipcios constituyen la manifestación más elaborada de esta escritura.
3- Lenguaje gestual: origen del grafismo
La experiencia nos demuestra que tenemos dos maneras de comunicar nuestros pensamientos, sea con ayuda de los sonidos —lenguaje articulado—, sea con ayuda de las figuras —lenguaje escrito. En este sentido una historia del lenguaje no puede evitar el abordaje de ambas formas de la comunicación entre los humanos: sonoro y gráfico —articulado y escrito. Por medio de los sonidos no es posible perpetuar nuestro pensamiento, ni hacerlo conocer a los otros que se encuentran lejos, la sonoridad es esencialmente fugitiva. La escritura surge por la necesidad que el hombre experimenta de hacer durar la expresión de sus ideas y de transmitir sus pensamientos y, de esta manera, comunicarse con el otro. El hombre inventó las figuras para hacer participar sus ideas de la duración y de la extensión espacial.
El lenguaje surgió, entonces, como algo natural, como una relación de semejanza entre las cosas y las palabras pronunciadas. La cosa y su denominación coincidían en el alba de la humanidad. Los medios de expresión de estos humanos primitivos eran algunos momentáneos y otros duraderos. Entre los primeros, ha subsistido el lenguaje articulado sonoro y entre los segundos la escritura propiamente dicha.
Medios momentáneos de expresión
Básicamente los medios generales por los cuales es posible reaccionar frente al semejante se limitan a dos: el movimiento y la voz. La acción del movimiento es inmediata a través del tocar o mediata por medio del gesto. La primera tiene como límite el largo del brazo y no puede transmitirse a distancia; el segundo llega tan lejos como alcanza la mirada. De esta manera, concluimos que sólo queda la vista y el oído como órganos pasivos del lenguaje en el ser humano, es decir el lenguaje se reduce al gesto y a la palabra. Ambos son medios de comunicación momentáneos. La comunicación visual puede realizarse por medio del gesto o por la mímica. Con frecuencia, ambos acompañan a la palabra, aunque su empleo depende de los individuos, de las costumbres de cada clase social o pueblo. Así, los italianos tienen la costumbre de hablar gesticulando con el fin de darle mayor intensidad a su discurso. En cambio, en otros países europeos, como Alemania, Francia, y los países escandinavos, los gestos, “hablar con las manos” es considerado de mal gusto.
El lenguaje de gestos, que es llamado también “lenguaje de acción” (Condillac), comparte los dos modos de relación, es decir momentáneos y duraderos. Por un lado los gestos realizados con las manos u otras partes del cuerpo, corresponden a los medios de expresión momentáneos. Por otro lado, el lenguaje de gestos usando los objetos como signos, pertenece a los modos de comunicación duraderos. Si bien el lenguaje de gestos, en sus dos versiones, y el de la voz —la palabra— son igualmente natural, el primero es más fácil y depende menos de las convenciones; puesto que existen mucho más objetos que sonidos y son más variados que éstos. Son también más expresivos y “dicen” más que los sonidos.
En los primitivos, la primera forma del lenguaje gestual —lengua muda, no fonética— sin el uso de objetos, es independiente del lenguaje articulado que, en esta época, estaba reducido a sonidos indeterminados. Ejemplo de este tipo de lenguaje lo encontramos entre los indios pieles rojas de América del Norte. Se ha observado en ciertas tribus que, poseyendo diferentes dialectos, sin embargo, eran capaces de “conversar” durante horas usando solamente sus dedos. En algunas tribus australianas, un tabú riguroso impone el silencio a las viudas durante varios meses. Esto no es un inconveniente para ellas, puesto que continúan sus conversaciones “hablando” con las manos. No es necesario, tal vez, recordar que el humo y el fuego, en todas las tribus, han constituido una forma de enviar mensajes. También es muy conocido el uso de tambores, en África occidental, para transmitirse las noticias de un pueblo al otro.
Entre estos medios de expresión momentáneos, es importante destacar que el lenguaje gestual, para algunos pueblos, ha constituido el modelo para la construcción de signos de la escritura. Este lenguaje gestual ha existido en todas las civilizaciones. Constituye el lenguaje básico de los sordos mudos —la mímica— antes de la aparición del alfabeto digital. Se lo puede encontrar, aún en la actualidad, entre los indios de América del Norte y entre los chinos. En los dos países ha influido sobre la escritura. Por ejemplo, entre los indios, para escribir la palabra pipa no utilizan una representación de la pipa, sino del gesto que la designa. Entre los chinos, una gran cantidad de mímica, principalmente los gestos de la mano, ha sido incorporada a la escritura. Un carácter chino que expresa la idea de amistad o amigo, reproduce dos manos tendidas bien abiertas.
Es fácil de comprender porqué la escritura copió los gestos; en efecto, éstos a diferencia del lenguaje articulado, son susceptibles de ser perpetuados por el dibujo, es decir, grabados en un sistema gráfico. El gesto expresa una idea; en el ejemplo amigo, es suficiente con dibujar este gesto para sugerir la idea.
En el libro, Histoire de l’écriture de J. Février está explicada la teoría de Van Ginneken quien afirma que el primer lenguaje, cuya invención se remontaría muy lejos en el tiempo, sería el lenguaje de gestos, especialmente de gestos hechos con las manos. Como dije más arriba, este tipo de lenguaje subsiste aún entre los indios pieles rojas y los chinos. En ellos constituye un lenguaje convencional y social, y se emplea independientemente del lenguaje articulado.
Continuando con el comentario de la teoría de Van Ginneken es posible remarcar que, para este autor, el lenguaje articulado aparece a posteriori del lenguaje de gestos, no como lo conocemos hoy en día, sino como un «clic», es decir, fonemas parecidos a los que produce el bebé cuando succiona el seno materno. Estos «clic» se encuentran, sobre todo, en ciertas lenguas sudafricanas y en lenguas caucásicas. Más tarde, estas palabras-clic, fueron separadas por grupos de consonantes y entre éstas, aparecerían algunas vocales, suficientes como para hacer posible la pronunciación y para diferenciar las consonantes. Esto explica, entre otras cosas, el rol primordial que tienen las raíces consonantes en la lengua semítica y en el egipcio antiguo. Más tarde la importancia de las vocales se acrecienta, —aunque es importante destacar, que no son más que cinco—, y entraron a formar parte de las palabras. El lenguaje africano y el árabe son ejemplos de lenguaje consonánticos.
Siguiendo siempre este autor, se observa que para él la aparición de la escritura habría precedido a la del lenguaje hablado, incluso la de los «clic». Los primeros pictogramas serían la transposición gráfica de gestos que intentan dibujar las acciones. Luego, a medida que los clics reemplazan a los gestos, los signos gráficos designaban estos clics y no ya los gestos. Progresivamente se fueron registrando las palabras habladas, tal como existen en la actualidad en la mayor parte de las civilizaciones.
Esta es la teoría de la evolución del lenguaje de Van Ginneken que puede resumirse de esta manera: la imitación del lenguaje gestual tiene una gran influencia en la escritura primitiva y la existencia del lenguaje gestual precede a la del lenguaje articulado. Lo cual implica la afirmación de la anterioridad de la escritura respecto del lenguaje articulado sonoro.
El sistema más importante de la comunicación auditiva es el lenguaje hablado, que tiene por receptáculo el oído de la persona a la que va dirigido el mensaje. Dentro de este sistema de comunicación, silbar para llamar a alguien es la forma más simple de este tipo de expresión. Aplaudir, silbar en el teatro, son también medios momentáneos de forma auditiva. El hombre prehistórico poseía una gran cantidad de estos medios de expresión que le servían para la comunicación con el otro, pero de éstos ha quedado solamente el lenguaje articulado.
Medios de expresión duraderos
Los medios de expresión momentáneos, gestos y sonido, tienen un rasgo común y es su carácter esencialmente fugitivo, limitados desde el punto de vista temporal. Se adaptan solo a la comunicación inmediata. Una vez que la palabra ha sido pronunciada o el gesto realizado, no queda nada, y solo se puede revivirlo por medio de la repetición; son también limitados desde el punto de vista espacial, ya que son empleados entre personas más o menos próximas en el espacio.
Pero el hombre primitivo tenía necesidad de un medio de expresión que llegue más allá del momento presente, y esto surgía cuando la persona a la que le dirigía el mensaje estaba lejos, o cuando se trataba de una prescripción para el futuro y en este caso, era necesario recordarlo; o, por último, cuando se trataba de prolongar el efecto de una fórmula mágica (maldición, encantamiento, etc.). Se hace imprescindible, entonces, crear medios de expresión duraderos o permanentes que no estén limitados espacialmente. Para esto se empleaban dos medios: sea los objetos, sea las marcas sobre objetos u otros soportes sólidos. Estos son tan numerosos y diversos como los momentáneos. En este contexto se podría mencionar el lenguaje de las flores, de las piedras preciosas, en cuanto que tal flor o tal piedra se supone que vehicula ciertos y determinados sentimientos. En estas expresiones, el lenguaje, el simbolismo y la escritura se mezclan y se pierden sus límites. En estos primeros tiempos de la humanidad, no es posible delimitar claramente estos tres lugares y funciones de la comunicación.
El lenguaje de gestos en su segunda variante pertenece a los medios de expresión duraderos, como quedó establecido más arriba. Usando los objetos como signos, constituye verdaderos argumentos expuestos para ser vistos y producen un efecto de la misma manera que las palabras. Son “palabras” reales. Esencialmente este medio de expresión a través de los objetos que funcionan como signos, consiste en enviar mensajes de paz, de amor, de odio o de guerra a sus semejantes. Ejemplo de esto: los indígenas de Sumatra se envían entre ellos, a modo de correspondencia, granos de sal, de pimienta, o de hojas secas, que por tradición significan amor, odio, celos, etc. También en Sumatra, las tribus Lutsu, declaran la guerra enviando al enemigo un trozo de madera con múltiples ranuras acompañado de una pluma, un tizón y un pescado. Esto se interpreta así: numerosos hombres se preparan para atacar (tantos como ranuras tiene la madera), que serán tan rápidos como los pájaros (de allí la pluma), destruirán todo (el tizón) y ahogarán al enemigo (el pescado).
En África, en la región del Alto Nilo, las tribus Niam-Niam, para advertir al presunto enemigo que está por entrar en su territorio, colocan sobre la ruta una espiga de maíz y una pluma de gallina, y sobre el techo de la casa una flecha. El total de estos objetos se traduce de esta manera: Si ustedes tocan nuestro maíz y nuestras gallinas, van muertos. Otro ejemplo notable de este tipo de lenguaje lo encontramos en la historia que nos cuenta Herodoto («Historias » libro IV). Relata este autor que Idantura, preparado para combatir a Darío, rey persa, le envía un mensaje compuesto de un pájaro, un ratón, una rana, y cinco flechas. El suegro de Darío, después de haber consultado varios especialistas, propone la siguiente interpretación, a mi juicio, muy pertinente: A menos que ustedes se transformen en pájaros para volar, en ratones para esconderse bajo tierra, o en ranas para refugiarse en las lagunas; ustedes no podrán escapar a nuestras flechas.
El lenguaje de acción es el eslabón que une estas dos formas de expresión, es decir el lenguaje gestual y la fijación de la imagen del objeto. Es también el origen de las dos formas de expresión: momentáneas y durable, verbal y gráfico. Es la raíz común del lenguaje y de la escritura. Ambos constituyen poderes, en cuanto se ejercen sobre el otro, sobre el semejante. El lenguaje de acción es el origen común del poder verbal y del poder gráfico y se impone dada la limitación esencial, la finitud irreductible del sonido en la comunicación humana. De allí que los jeroglíficos y las primeras escrituras antiguas fueron ideográficas, puesto que reproducían objetos en acción o en reposo, que implica una acción suspendida o latente. El sonido no llega jamás muy lejos, los gestos y los objetos que implican una acción y la grafía están destinadas a llevar el mensaje bien lejos. Al sonido le falta, esencialmente, extensión espacial y duración, le falta dimensión espacial y temporal.
Es por esta razón que el hombre primitivo comienza a trazar marcas, a dibujar los objetos tal como son en la realidad, en la naturaleza con el fin de comunicar sus ideas, ya que los sonidos no son útiles para durar y para extenderse. Estos objetos son obtenidos de la naturaleza, ella misma se metaforiza en estos objetos. La necesidad de las marcas, las figuras y del lenguaje de acción se impone desde el origen en razón de la limitación del verbo.
Si bien la voz humana, dada su finitud, es inmediatamente suplantada por el lenguaje de acción y por las marcas de la escritura que podemos llamar pre-escritura; la voz de la naturaleza, en cambio, se suple, se reemplaza a ella misma en metáfora, es metáfora de ella misma. “En el principio fue el Verbo”: el verbo de la naturaleza, la voz de la naturaleza que se metaforiza en el hombre en escritura; como la voz divina que se vuelve escritura. La escritura de estas primeras marcas es la metáfora de la voz de la naturaleza. El lenguaje original, natural ha sido siempre una escritura, o una pre-escritura.
BIBLIOGRAFIA
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Vico, Giambattista, Principios de Ciencia nueva. Ediciones Orbis, S.A. Madrid, 1985
Derrida, Jacques. De la gramatología Siglo XI Argentina Editores. 1º edición en español, Buenos Aires 1971.
Kristeva Julia, Le langage, cet inconnu Editions du Seuil, París 1981.
de Saussure F., Cours de lingüstique générale, Payot, París 1971.
Rousseau J. J., Essai sur l’origine des langues, op. cit. Cap. VIII
Ducrot, O. Todorov, T. - Diccionario enciclopédico de las ciencias del Lenguaje, Siglo XXI Argentina Editores, 3ª edición- Julio 1976
Leroi-Gourhan A. -Le geste et la parole, Editions Albin Michel, Paris 1964 Vol. I y II
Février, James G., Histoire de l’écriture, 2ª édit, Payot, París 1984
Herodoto, Los nueve libros de la historia, Biblioteca EDAF Madrid 1998, libro IV, CXXXI, Pág. 379.
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