Buenos Aires - Lunes, 05 de Enero de 2009

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¿SUJETO Y PSICOFARMACOLOGÍA?
EL LUGAR DEL PSICOANÁLISIS

por Lic. Alejandra Yacomini

El siguiente desarrollo está centrado en el lugar de la psicofarmacología en la sociedad actual. El cuestionamiento reside fundamentalmente en la naturalización que se ha hecho de la práctica de recetar este tipo de medicación. Se receta el mismo medicamento para situaciones diferentes, olvidando por completo la singularidad estructural de cada sujeto.

El eje conductor será tomar al psicofármaco en su dimensión de objeto, cuestionar este lugar, indagar de qué lugar se trata desde diferentes discursos: la ciencia, con la medicina como representante en este tema, el discurso amo con su representante, el mercado; y el psicoanálisis.

Además tomaré un pequeño fragmento clínico para así pensar la práctica del psicoanálisis en el ámbito hospitalario y la dirección de la cura cuando existe medicación interviniente.

Este trabajo se propone debatir el lugar y los efectos de la clínica psicoanalítica en la época de los psicofármacos en un momento de creciente avance y predominio de estos últimos como recurso terapéutico frente a los trastornos psíquicos. Después de un siglo de psicoanálisis, se impone una indagación de los discursos hoy prevalentes, propiciando la utilización de los psicofármacos como herramienta terapéutica con fundamentos científicos, basado en avances sofisticados de la química y de la biología.

El cuerpo del paciente se nos presenta dicho por el discurso médico, a raíz de haber enfermado. Se trata de un cuerpo biologizado y al que se le atribuye además, relación de determinación sobre todo sufrimiento que el paciente demuestre. El cuerpo se objetaliza para la ciencia no sin la anuencia subjetiva de quien lo padece. Estos cuerpos, en los que la motilidad se altera, las formas de la imagen corporal y los límites del pudor se diluyen, se reducen hasta ser experimentados como una anónima suma o resta de funciones biológicas.

A partir de aquellos discursos, resulta excluido el inconsciente freudiano, retomado por Lacan como sujeto del significante, dividido por el lenguaje y sus leyes, sujeto del deseo y del goce, de la castración y de las diferencias sexuales.

Para Lacan el síntoma no obstruye, sino que es el camino mismo tomado en la dramática del malestar en la cultura, disponible para ser escuchado por aquel psicoanalista a la altura de las circunstancias, aquel que sepa reconocer las formas específicas que asume la subjetividad contemporánea. El rescate de los efectos de sujeto, a partir de su segregación y hasta de su exclusión activa por los productos de la ciencia experimental, está en el corazón de lo que el psicoanálisis se propone. Es en este punto donde localizamos los psicofármacos y sus efectos en el cuerpo del ser hablante, cuando la liquidación del síntoma muestra la tendencia a acallar los efectos sujeto.

Las posiciones de los psicoanalistas en cuestiones de relación entre química y psicoanálisis, y sin entrar en detalles sobre las contribuciones de Freud y Lacan, suscitan una lectura prudente de las incidencias entre las respectivas áreas. Contribuciones recientes vienen, no obstante, a reconocer en el psicoanálisis un valor pionero en relación a algunas verificaciones de la ciencia experimental, aunque los campos están claramente diferenciados.

En términos generales, la clínica psiquiátrica contemporánea recibe directamente las presiones del mercado de la salud, ofreciendo entonces, especialmente en el caso de ansiolíticos y antidepresivos, una respuesta rápida y efectiva al malestar: la supresión inmediata del síntoma. Una de las vertientes de este modo de lucha contra el intolerable sufrimiento psíquico es, mas allá de su intención de curar, el dejar aparecer una clausura del sujeto del inconsciente. Al suprimir o incidir velozmente en el despliegue de la verdad del síntoma, el sujeto encontraría un tope para sus desdoblamientos. ¿Posible tal vez de revertir en el tiempo de una escucha?

En cuanto a la clínica psicoanalítica, aunque tampoco al margen del mercado, cuenta con la disponibilidad del deseo del analista para promover la demanda de análisis, que está en juego siempre, y presupone una ética. Esto no implica desconocer las variaciones y los limites del campo.

La dirección a seguir en una cura psicoanalítica, en donde el fármaco es administrado como herramienta para la regulación del goce, la que es necesaria —en ocasiones— para restituir la posibilidad del discurso, es justamente tomar al fármaco como representación psíquica que puede enlazarse con otras en el psiquismo de cada paciente otorgándole un lugar y atribuyéndole un significación y efectos singulares. Si esto ocurre será posible ponerla a jugar en el tratamiento. El analista podrá acompañar al paciente en la identificación de los efectos que esa medicación produce en su cuerpo, en su estado de ánimo, en poner nombre a “eso” que la medicación le produce.

La medicación puede operar como respuesta a la pregunta, como freno a la implicación en el padecimiento, produciendo el efecto contrario al de la medicación como herramienta, como posibilidad del tratamiento.

La respuesta farmacológica considerada como un beneficio para el yo y sus operaciones sobre la realidad, es aquella a la que más fácilmente recurre el sujeto que nada quiere saber sobre su deseo inconsciente. En el horizonte se perfila la cuestión de la función de la ciencia, porque el fármaco en tanto instrumento que tiene consecuencias en lo real, es el instrumento de la ciencia médica atravesada por la sociedad de consumo. Y es aquí donde entra a jugar la problemática de los laboratorios y la oferta masiva que incita al excesivo e indiscriminado consumo de psicofármacos.

La eclosión de la industria psicofarmacológica de los antidepresivos coincide con la significativa disminución y la caducidad de rituales y ceremonias para atravesar los duelos. Otro de los rasgos de la posmodernidad es la devaluación que ha acaecido en el valor de la palabra, el predominio de la exigencia del tiempo acelerado, la idolatría del consumo y las soluciones facilistas.

En este plano de análisis entra a jugar el planteo inicial en relación al motivo de la naturalización de la práctica de la prescripción de este tipo de medicación. Si existe la prescripción es porque existe demanda de parte del paciente, en tanto resolver rápidamente el malestar, sin tomar en cuenta que en tanto aquella satisfacción resulta efímera, el malestar pronto vuelve a insistir, porque la medicación no modifica la estructura subjetiva, redirige al organismo y no al sujeto, no actúa sobre el significante ni sobre el objeto de la pulsión. El primer efecto que se logra con el abuso de los psicofármacos es el de la desaparición de la pregunta por parte del sujeto en cuestión, quien va a esperar que la ciencia solucione su padecimiento lo antes posible, con el cual él no tiene nada que ver, ni su historia, ni su posición ante las cosas, ni siquiera el desorden del malestar que la cultura misma genera; en ello reside uno de los pilares del sostenimiento de la práctica de la receta. El proceso temporal del duelo tiende a ser sustituido por antidepresivos en nuestras guardias de hospital, y la angustia, ese efecto, cuestionador existencial por excelencia, cede su dignidad interrogativa ante los efectos del fármaco. Abordar la cuestión del fármaco en la relación médico-paciente es situar también el elemento esencial de una neutralización esencial de esa relación, cuando su prescripción no está soportada por la presencia y la figura del médico, su disolución en un procedimiento tecnológico. Responder directamente al pedido de apaciguar un síntoma es no reconocer la falla que existe entre demanda y deseo. Para Lacan, el analista es el único que en la actualidad, puede mantener la originalidad de la posición del médico, es decir, la de responder a una demanda de saber y, al hacerlo, revelar la relación que ella tiene con el goce del cuerpo.

¿Es el efecto del psicofármaco como producto de la técnica actuante en la intimidad de los procesos químicos y biológicos del cuerpo, suplementario, indiferente o antagónico a los efectos de sujeto?

Entendemos que los efectos químicos, como tales, no entran, en el campo de la clínica psicoanalítica sino a través de significantes. Es en la medida que estos queden trabados o liberados que se podrá hacer algún tipo de correlación.

Por otro lado, podríamos afirmar que los efectos de un fármaco no son, no podrían ser nunca, únicamente químicos. Por mínimos que sean, consideramos que desde el momento en que hay prescripción, están en juego relaciones entre sujetos, o sea relaciones de deseo. El fármaco realiza un tipo de lazo de cierta complejidad. Se trata de que el individuo funcione, en principio, de acuerdo con el deseo del Otro, y con lo que promueven los ideales desde el lugar del Otro, I (A), cuando no del otro (pequeño otro imaginario).

El psicoanalista, por su parte, se sitúa como objeto "a", semblante de objeto causa de deseo, con otro tipo de efectos, porque desde este lugar promueve diferencias con el deseo del Otro, o sea, apunta a la singularidad del sujeto, y no al cumplimiento de ideales sociales. Además de las incidencias en lo real del cuerpo, se dan efectos en lo simbólico porque los fármacos no quedan al margen del lenguaje ni del discurso, así como tampoco son ajenos a lo imaginario del sujeto ni al imaginario social.

Algunos autores hablan de la inducción iatrogénica de una "estructura de dependencia química" de drogas lícitas, donde se promociona el olvido de la dimensión del Otro, reforzando en cambio la relación con un otro no liberador. La droga no habla, ni escucha. "Escuchar al Prozac" apunta precisamente a la idea de que es el medicamento, y no el sujeto, quien habla.

Este cortocircuito promueve el olvido de la dimensión del hablante para desplazar el habla a nivel de la química, o mínimamente, de la fisiología. Metáfora forzada donde el excluido es el sujeto, por el olvido de aquella dimensión. Las píldoras de la felicidad ofrecidas a la psiquiatría llamada "biológica", por la ciencia experimental, conllevan la idea de que el fármaco sería, por sí mismo, psicoterapéutico, por incidir principalmente en las conductas. Se descartan efectos sobre algún tipo de nivel de conflicto, o relacionados con estructuras de lenguaje. Esto implica una reducción, o hasta un desconocimiento de la dimensión de verdad de quien, de alguna manera, "se traga la píldora". De ahí su eficacia. Esto quiere decir que el fármaco, si consideramos al síntoma como expresión de una verdad singular, estaría actuando a un nivel esencial: allí mismo donde, por alguna razón, encuentra su expresión algo que no cabe en los moldes convencionales de una sociedad específica o por alguna razón no es admisible para el sujeto. Tenemos entonces una intervención concebida a nivel del organismo, pero que excluye el conflicto o directamente lo suprime.

Los productos psicofarmacológicos promueven el olvido de la dimensión insoslayable estructural de la verdad en juego en el ser humano hablante, tal como la entiende el psicoanálisis desde Freud, y más específicamente como causa material, según Lacan, diferente de la que tiene en las perspectivas químicas y biológicas de la ciencia experimental contemporánea.

El psicoanálisis, emparentado con la ciencia, y más específicamente el llamado "dispositivo analítico" —constituido por psicoanalista y psicoanalizando— pero diferenciado de ella por la existencia de la función "deseo del analista" y su condición de semblante de objeto "a" causa de deseo en la transferencia, implicado en la posibilidad de restituir al sujeto alcanzado por las tecnologías, químicas en este caso, el acceso a una verdad mas original, diferente de aquella formada por la verdad en la ciencia experimental de nuestros tiempos.

El psicoanálisis reintroduce la dimensión y complejidad propias del humano que habla. Discurrir sobre los posibles efectos de la química en la subjetividad implicaría testimonios, por venir, tanto de analizantes como de analistas a la escucha de significantes. "Escuchar al Prozac", entre otros, es escuchar significantes, o sea, en este caso, poder escuchar lo que "Prozac" representa para ese sujeto. Quedaría también a la espera una clínica psicoanalítica abierta a los efectos de la química en lo real del cuerpo.

Si el síntoma para el discurso médico se medica y para el analista se descifra hay allí una divergencia clásica, sin embargo hay un punto de convergencia donde no entran en contradicción el deseo del médico y el deseo del analista.

Los síntomas neuróticos son portadores del sujeto y de las ligazones de ese sujeto a un real de goce que no es sin relación con el cuerpo y un modo de gozar del inconsciente.

Esta diferencia es fundamental, ya que no se trata de desconocer el avance de la ciencia psicofarmacológica, sino de alertar sobre la promoción en escala masiva e indiscriminada de las drogas "psicoterapéuticas", como solución prevalente o única ante el malestar o frente al dolor psíquico. Lo que se desconoce es la posibilidad de otro tipo de lazo, realmente social, promotor de un tipo de producción-solución diferente de solución del síntoma.

En “Psicoanálisis y medicina”, Lacan plantea que el médico está llamado a poner a disposición del público los nuevos agentes terapéuticos como un agente distribuidor. El médico se transforma entonces, en un técnico que debe atenerse a estas exigencias para tratar de satisfacerlas.

BIBLIOGRAFÍA
Hassan, Sara Elena - “Psicoanálisis y psicofármacos en los discursos prevalentes” - Revista Acheronta
“Reportaje a George-Henri Melenotte” - Revista Acheronta
Kelman, Mario - “Subjetividad moderna, Ciencia y Psicoanálisis. Consumo de psicofármacos” - Revista Vector Salud Mental
Freud, S. - “El malestar en la cultura”
Lacan, J. - “Psicoanálisis y medicina”
Raimbault - “El psicoanálisis en la frontera de la medicina”
“El analista y los psicofármacos” - Revista El Caldero de la Escuela
“En España el Prozac arrasa pese a que existen siete genéricos” - Revista Fármacos, Vol. 3

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