Buenos Aires - Viernes, 31 de Octubre de 2014

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SOBRE LA ANOREXIA Y LA BULIMIA

por Lic. Ricardo Navas

Resulta interesante partir, para considerar la anorexia y la bulimia, de un resumen aproximado de aquello que los medios de comunicación, a través de sus entrevistas a profesionales, nos informan de ellas: "La anorexia es una enfermedad que afecta sobre todo a chicas adolescentes disconformes con su cuerpo, quienes debido a una baja autoestima se sienten poco atractivas y que, por imitar a las modelos delgadas de revistas y televisión, comienzan a rechazar la comida, perdiendo en poco tiempo la apreciación objetiva de su cuerpo e infringiéndose con su conducta daños corporales que obligan a su internación por disturbios que incluso, entre un 10 a un 15%, terminan en la muerte. En este camino anoréxico hay momentos de episodios bulímicos entendibles como desbordes que intentan ser contrarrestados con vómitos forzados, ayunos, abuso de laxantes o anfetaminas." Remarquemos que en toda exposición sobre el tema, el acento en lo referente a la causa recae sobre los actuales modelos de belleza.

Pero para poder testear la veracidad de determinadas afirmaciones es imprescindible a veces utilizar lo que podríamos dar en llamar ‘el método del mono’ y que se puede extraer de aquel viejo póster en el que aparecía un simio tomándose la cabeza y cuya leyenda rezaba: "cuando creí que conocía todas las respuestas del mundo me cambiaron todas las preguntas". Apliquemos este método entonces, el de las preguntas, al resumen anterior para ver qué obtenemos.

Si la anorexia es una enfermedad causada por los actuales modelos de belleza surgen inmediatamente algunos interrogantes. Primero: ¿Por qué existen referencias a ella que datan del siglo XI y se halla descripta sistemáticamente desde el siglo XVII? Segundo: ¿Por qué afecta también a los varones, cuyos modelos actuales de belleza se destacan por su musculatura y no por la delgadez? Tercero: ¿Por qué una anoréxica ‘verdadera’ no se parece en nada a las modelos de revistas y televisión y sí tiene mucha similitud con los sobrevivientes de los campos de exterminio nazi? Podríamos intentar una respuesta: tal vez se esté considerando anorexia a cuadros que no lo son.

Hoy en día se tilda rápidamente de anoréxica a aquella persona que, sojuzgada por modelos de belleza sociales o familiares, se encuentra realizando una dieta extrema, o de bulímica a quien come excesivamente, sin tener en cuenta que una conducta no define ni diagnostica una enfermedad. Tampoco se consideran los cuadros histéricos en los que —se puede afirmar sin lugar a dudas— la 'anorexia' constituye la sintomatología que pone en aprieto al profesional cuestionándolo en su saber tal como lo ha hecho todo síntoma histérico a lo largo de la historia. Y si se pondera que el tratamiento que los medios de comunicación hacen del asunto ha lanzado la anorexia a la primera plana, se debe evaluar seriamente la posibilidad de que padecerla sea también una moda, en donde la 'anorexia' deviene un elemento valioso a conseguir. ¿O acaso no vemos a modelos confesar "Yo fui anoréxica" cual si mostraran una medalla al valor ganada en el campo de batalla?

Anorexia proviene del griego y significa inapetencia; más específicamente, (an) privación del (órexis) deseo. No se trata de un rechazo voluntario del alimento para lucir bello o adelgazar aunque ya se esté lo suficientemente delgado sino que hay disminución o ausencia del deseo de comer que resulta en un repudio involuntario del alimento. Tanto que no sea posible la ingesta como que surja el vómito, en la anorexia la comida 'no pasa', resulta intragable. Si bien el cuadro anoréxico puede aparecer por enfermedades orgánicas, fármacos con efectos anorexígenos primarios o secundarios u otras causas, la anorexia mental tiene su raíz no en los modelos sociales de belleza sino en la originaria relación madre–hijo.

En esa relación, y debido al desvalimiento natural del niño, la madre —o quien ejerza las funciones alimentarias: padre, abuela, tía, cuidadora, institución de menores, etc.— posee el poder de alimentarlo o no, de procurarle vida o muerte a través del alimento. El alimento adquiere de este modo el carácter de símbolo del amor materno, porque ella puede entregarlo o no a su pleno arbitrio. Esta situación, aclarémoslo, es válida para toda relación madre–hijo. Pero la madre del anoréxico es aquella que tiene como preocupación casi única la alimentación del pequeño, preocupación que sirve de pantalla a la satisfacción gozosa que obtiene con eso. Como la resultante de esa satisfacción gozosa es la alimentación del niño más allá del deseo del mismo, el rechazo del alimento —en verdad, de lo que éste representa: el poder omnímodo que la madre o su sustituto tiene y ejerce antojadizamente— no es más que la forma extrema que el hijo encuentra para romper con la situación vejatoria a la que está sometido. Así, la dependencia se invierte, la omnipotencia aplastante de la madre se anula y queda ella bajo la férula del deseo del niño. Hay que resaltar que es el deseo del niño y no su capricho lo que se pone en juego porque, ante la negativa a comer, la madre anorexígena justifica su insistencia alimentaria acusándolo de caprichoso o rebelde.

Y en esta lucha por preservar su deseo, el anoréxico puede llegar a inmolarse, del mismo modo que en una revolución libertadora o en una guerra las personas son capaces de dar su vida por su deseo de libertad(1). De ahí que cierto porcentaje de los cuadros tengan un desenlace fatal. Y si en un proceso anoréxico hay episodios ‘bulímicos’ deben entenderse como un momentáneo ‘tirar la toalla’ en esta pelea por conservar el propio deseo(2).

Pero, ¿sólo en la niñez se presenta la anorexia? La respuesta es "no". Cabe aclarar lo siguiente: aunque es una matriz generada en la infancia —al igual que la mayoría, sino la totalidad, de las problemáticas psicológicas—, su desencadenamiento es posible en cualquier momento vital en el que se presentifique la omnipotencia vejatoria —ejercida por una persona, institución o circunstancia de vida— o la denegación del 'amor' por parte de aquél o aquello que amamos(3). En un sentido amplio, esta matriz es aplicable a múltiples variables. Por ejemplo, si a un niño se lo obliga a estudiar, puede presentar lo que podríamos con cierta licencia llamar "anorexia de aprendizaje" y convertirse en un repetidor consuetudinario. Y la única forma de solución es restituir la posición deseante a través del tratamiento psicológico adecuado.

Ahora bien, ¿de qué se trata en la bulimia? Reiteremos más ampliamente lo que esbozábamos arriba. No puede decirse que quien comete un acto de lujuria en una fiesta, un día domingo o en una comida en un restaurante es bulímico. La bulimia no es un atracón sino más bien un atragantarse. Bulimia también proviene del griego y podría definirse como "hambre insaciable". Literalmente significa hambre de buey (bous, buey; limos, hambre).

Y se pueden diferenciar dos formas posibles: como compulsión, donde el individuo padece el impulso que lo lleva a comer en exceso y frente al cual puede o no, en mayor o menor medida, refrenarse —este refrenarse debe entenderse en una gama muy amplia: desde aquél que lo refrena muy bien hasta quien realmente no puede parar de comer. La segunda forma en que se presenta es aquella en que el episodio bulímico aparece como momento culminante de una situación de angustia máxima; y así como otro se emborracha, el bulímico se atraganta. Atragantarse es la única salida que encuentra.

¿Qué otra diferencia podemos encontrar entre estas dos formas? En el caso de la bulimia como compulsión, los episodios bulímicos van acompañados de cierta cuota de placer, seguidos después de algún grado de culpa, mayor o menor, y se ubican en un contexto, en una situación que no tiene necesariamente que ser angustiosa. Aquí podríamos hablar de adicción a la comida. En el segundo caso, el episodio bulímico aparece como la única salida posible dentro de una situación que, desde todo punto de vista, la persona vive como dolorosa e insoportable. Esta última forma puede quizás entenderse más claramente si se equipara la comida con el alcohol o los sedantes; esto es, con aquella persona que frente a la angustia se emborracha o efectúa una ingesta fuerte de tranquilizantes(4). En todos estos casos, hay cierta vivencia del "no puedo más".

Ahora bien, ¿cuál puede ser la utilidad de lo enunciado hasta aquí? No la de colocarnos en una posición catedrática ni mucho menos, sino fundamentalmente la del esclarecimiento con fines a la desmitificación: desmitificar, en relación a la anorexia y la bulimia, el falso riesgo de las dietas y de los modelos actuales de belleza para alejar el fantasma que sobrevuela algunas mesas familiares y terminar así con la caza de brujas.

¿Tiene lo planteado hasta aquí el ánimo de culpabilizar a las madres o a quienes han ejercido su rol en la infancia? Sin lugar a dudas, no. Es siempre preferible hablar de causas y no de culpas, en tanto que las causas permiten encontrar soluciones y las culpas llevan siempre a callejones sin salida. Además, ¿cómo culpabilizar a quien ha ocupado ese lugar si simplemente hizo lo que pudo y, seguramente, con la mejor intención? Tampoco debemos olvidar que las constelaciones psíquicas son influenciables por múltiples factores.

Pero cabe sí recomendar que se asuma con responsabilidad —y, lógicamente, hasta donde lo permitan las propias capacidades— las situaciones que se enfrentan día a día, sean éstas del tipo de las que hemos comentado aquí o de cualquier otra índole.

"Mi hijo es anoréxico, o bulímico, por los modelos actuales de belleza". "Mi hijo es alcohólico o drogadicto por las malas compañías". Ciertamente produce mucha menos angustia juzgar a las circunstancias sociales antes que a las personales como las causantes de los problemas. Demasiado a menudo se escucha hablar de lo social como la gran influencia que pesa sobre la gente y se olvida con facilidad aquello que como padres, hijos, hermanos o sencillamente como sujetos individuales no sólo sembramos sino también abonamos día a día.

Y asumir responsablemente significa no sumirse en la parálisis. Aunque generalmente se las peyoriza, las problemáticas psíquicas poseen el mismo estatuto que las de orden orgánico; es decir, necesitan la consulta con profesionales capacitados que puedan realizar el diagnóstico preciso y establecer el tratamiento adecuado.

Retornando a nuestro tema, digamos aún algo de los modelos y la imagen. En cuanto a la imagen, no reconocer su importancia sería necio, en tanto que la imagen puede tranquilizar o, muy por el contrario, llegar a producir horror. Y para aquella persona que posee una matriz anoréxica, los modelos de belleza pueden ser un disparador de la enfermedad… al igual y con el mismo peso que cualquier hecho o palabra.

Para finalizar, agreguemos que los modelos —sean estos de belleza o de cualquier otro tipo— son siempre y en cierto sentido tramposos. Tomemos como ejemplo el libro de José Hernández: los personajes que dan los consejos —el Viejo Vizcacha y Martín Fierro— ninguno de los dos es, lo que podríamos llamar, trigo limpio. Y si Sarmiento nunca faltó al colegio fue porque en realidad vivía en él. Pero si esto no se explicita, imitar a Sarmiento no sólo es casi imposible sino también terriblemente angustiante. Querer educar utilizando modelos y colocándolos demasiado alto, puede resultar en que la persona se sienta sencillamente una basura. Para resumir la cuestión de los modelos, el mejor ejemplo es el del toilette. Al baño se lo llama toilette y se cree que por ello huele mejor.

Notas
(1) Es particularmente pertinente recordar aquí, como hecho histórico articulado a la anorexia, los acontecimientos ocurridos en Masada, meseta ubicada en el desierto de Judea y que en año 73 d.C. fue el último reducto de la gran rebelión judía contra el Imperio Romano. Allí, 960 personas se autoeliminaron para no ser sometidos a los vejámenes que sufrirían a manos de los romanos, ya prontos a tomar la fortaleza. Pero si es paradigmático como ejemplo de la anorexia es precisamente porque, a pesar de quemar todo, dejaron suficientes víveres intactos para demostrarles a sus enemigos que no se suicidaban por falta de comida sino por hambre de libertad. Volver
(2) Masada nos sirve aquí nuevamente de ejemplo. Si sabemos algo de aquel día trágico es porque 7 personas decidieron no correr la misma suerte. Ellos prefirieron sufrir el sometimiento romano. Volver
(3) Tómese como ejemplo la pérdida del deseo de comer del enamorado que ha sufrido el abandono por parte de su amor. Volver
(4) También aparecen, con esta estructura, algunas adicciones a las denominadas 'drogas duras'. Volver

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