Buenos Aires - Jueves, 28 de Agosto de 2008 |
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PSICOANÁLISIS Y MEDICINA ESTÉTICA
Lic. María Laura De Palma
¿Señor mío,
no ves que me estoy haciendo viejo?
Cuando el paso de los años comienza a dejar sus huellas en el cuerpo, huellas que se inscriben en el alma, parecería que la conciencia de mortalidad se hace más presente.
¿Cuál es nuestra actitud frente al paso de los años? ¿Cómo hacemos para enfrentar la tan conocida idea de que nada es para siempre?
Los avances tecnológicos nos ofrecen la oportunidad de vernos y sentirnos jóvenes por más tiempo del que nuestro cuerpo e incluso nuestra mente pueden soportarlo.
Pero en esta oportunidad quisiera abocarme a hablar del tema del cuerpo. Porque lo que me hace pregunta es justamente por qué hoy en día la medicina estética y la cirugía plástica se presentan como la salvación mágica y eterna, cuando en realidad nada puede detener el tiempo.
Parecería que el borrar arrugas, levantar pechos y cola o rellenar huecos entre otras maravillas que esta disciplina médica ofrece, permite a aquellas personas que con el correr de los años notan el insoportable peso de la vejez, alivianar la angustia de mortalidad mediante el reflejo en el espejo de una imagen más apetecible.
¿Para quién? Para uno mismo, quizá, pero por tanto siempre para otro, aquel que puede aprobar o desaprobar, aquel que castiga o premia, ese que piropea o dice cosas feas, el otro que siempre nos mira y siempre nos exige hasta lo más cruento. Como en este caso recurrir a todo tipo de experiencias, algunas altamente traumatizantes como lo son las cirugías, más leves otras como las metodologías de medicina estética sin cirugía, pero ambas quitándole al cuerpo estatuto de cuerpo y transformándolo en masa para modelar.
Hasta qué punto se hacen necesarias estas técnicas y cuál es el límite ante el que cada uno puede detenerse.
Hasta qué punto es ético crear una imagen corporal que siempre es otra. Dónde está la identidad propia y dónde la del otro que manipula partes de nuestra identidad corporal.
Dónde queda la angustia que genera la certidumbre de saber que cada día que pasa, a pesar de sentirnos los mismos, las marcas del paso del tiempo aparecen sin remedio natural. Esa angustia inevitable ante el conocimiento de que la fuente de la juventud es tan sólo un mito.
Nada desaparece, todo se transforma y como dijo alguna vez Freud “sólo la muerte es gratis”. Me refiero entonces a que quizá por mecanismos de condensación o desplazamiento la psique logre desviar la angustia hacia otro lado, pero nunca eliminarla por completo y a cambio de esto, sin embargo, siempre con algo hay que pagar.
Me pregunto con qué y cuál es el precio al que hay que hacer frente, aparte del alto valor monetario que acarrean tratamientos de este tipo, por comprar una imagen más joven y bella. ¿Será acaso la pérdida de la propia imagen y por ende de parte de la propia identidad?
Pero ante una primera observación parecería que la angustia desaparece; en la persona recién intervenida, a pesar de la hinchazón y los moretones que generalmente reflejan una imagen monstruosa, el sentimiento de felicidad se distingue en el rostro por una sonrisa. Se me hace presente la imagen del goce, cierto aspecto de morbosidad, aquel placer en el dolor parecería responder a un sentimiento de haberle ganado la batalla a las agujas del reloj biológico que nunca se detienen, de haber retrocedido años en el tiempo para intentar recuperar esa lozanía característica de aquellos días de juventud. Sin a veces darse cuenta que tal irrealidad de dicha imagen se refleja incluso en cuerpos y rostros similares a estatuas de cera o muñecas de porcelana. Perdiendo rasgos esenciales de personalidad antes inscriptos en el cuerpo.
No puedo dejar de preguntarme por el límite y se me presenta la siguiente paradoja: acaso nuestra lucha incesante contra la mortalidad, contra el riesgo de fin que el cuerpo registra cuando nos vamos haciendo viejos puede llevar a algunos hasta el punto de recurrir a tratamientos quirúrgicos al servicio de la estética que requieren anestesia general y que por ende ponen obviamente la vida en riesgo. Acaso el temor a la muerte, la angustia que esta genera puede llevar a un sujeto a decidirse por una operación que podría llegar a ser mortal.
Quizá el ponerse permanentemente en riesgo es también una de las características de nuestra naturaleza; después de todo tenemos la certidumbre de saber que nuestros días están contados y a la vez la incertidumbre al no saber las cifras ni quien cuenta, por lo que el peligro que uno mismo genera también da cierta sensación de apropiarse justamente de la muerte propia.
Hasta acá esta presentación, con interrogantes, con formulaciones que precisan de un estudio más profundo pero más que nada, y esta es mi intención al escribir estas palabras, con planteamientos que nos llevan a cuestionar nuestras propias leyes humanas cuando nos enfrentamos con casos que ponen en primer plano cuestiones referidas a la ética, a los límites y a la responsabilidad psíquica que todo acto conlleva.
Me gustaría por último dejar en claro que cada sujeto es singular y por ende cada sujeto merece ser escuchado en esa singularidad. Es por esto que me parece de suma relevancia la vinculación entre terapia psicoanalítica y medicina estética. Puesto que es necesario darles un lugar, otorgarles un espacio y sobre todo una escucha a aquellas personas que toman la decisión de modificar su imagen corporal. Espacio donde se haga presente el sujeto en todos sus aspectos, donde pueda dar cuenta y darse cuenta de la responsabilidad de sus actos, de las consecuencias físicas y psíquicas de los mismos y sobre todo donde pueda preguntarse por el por qué de tal decisión y confrontarse con las manifestaciones latentes de dicha decisión. Poder hacer frente no sólo a la vejez sino a algo que parecería resultar aún mucho más difícil de elaborar: el crecimiento. Pero ese sería tema para otro artículo.
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