Buenos Aires - Martes, 07 de Febrero de 2012 |
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CUANDO SE IMPONE LO ADECUADO
por Lucía Otero *
Hace tiempo que vengo pensando en el arduo trabajo que implica la educación sistematizada.
Ahora, con mi título en mano, tengo la posibilidad de explorar el campo. Paso todas mis mañanas en un jardín de infantes, acompañando la integración de J., una niña de 4 años, ojos enormes y un diagnóstico que tambalea por sí solo: retraso madurativo.
A simple vista, es verdad, sus funciones cognitivas y su motricidad, están inmaduras.
Por lo tanto, J. no actúa igual que sus compañeros: aún usa pañales, no habla, llora constantemente y no logra conservar la atención en una actividad por mucho tiempo.
Mi alumna no se adapta a la educación sistematizada que la institución le brinda, por eso me llamaron.
Me pidieron que le dé una atención personalizada, que no deje que me maneje con sus berrinches y caprichos, y que constantemente estimule su lenguaje.
Esas palabras resonaban en mi cabeza y no me dejaban tranquila. Faltaba algo, y sabía que para descubrirlo tenía que conocer a J.
La conocí en medio de uno de sus berrinches. Lloraba, gritaba. Entendí que estaba pidiendo ayuda, que estaba sufriendo.
Su maestra la había sentado en lo que llama “ronda de saludo inicial”, pero a J. no parecía interesarle ese lugar. Buscaba otro, pero no la dejaban, su maestra la obligaba a permanecer allí... ¡Claro! Ése es el sistema: el chico llega, saluda, desayuna, juega a lo que la maestra tiene preparado, y después se va. No está permitido extrañar a mamá o no tener ganas de jugar con masa.
¿Dónde queda el sujeto cuando pretendemos imponer conductas “adecuadas”? Me pregunto por el significado... ¿Qué significa para J. “sentarse en la línea amarilla y escuchar a la profesora de gimnasia”? Muy simple: J. todavía no aprendió el color amarillo, y su profesora de gimnasia es una “mala” que grita y que constantemente la enfrenta con su torpeza motriz.
J. no entiende, porque frente a esa orden no puede poner en juego su deseo. No puede responder, y ante el enojo de sus maestras llora, sufre... No entiende... Y no puede “adecuarse” a su clase de gimnasia.
Entonces esta nena se convierte en un objeto, un cuerpo sin deseo, un cuerpo que es movido por otro que no la comprende, un otro que impone conductas esperadas y busca homogeneizar su juego para igualarla a sus compañeros.
Alicia Fernández (1) nos dice que en el proceso de aprendizaje se ponen en juego 4 niveles.
Estos niveles están relacionados y no podemos dejar de analizar ninguno de ellos al momento de querer entender el fracaso escolar.
Las maestras de J. intentan adiestrar su organismo; así, a la vista de los otros, será una niña “normal”, “igualita” a todos.
Pero sólo apelando a construir en J. un cuerpo atravesado por el deseo, un cuerpo constructor de una inteligencia por su interacción con otro, sólo así podemos devolverle a J. su conocimiento.
En mi tarea cotidiana trato de construir un lugar diferente dentro de la sala. Espero que, de a poco, J. pueda ubicarse en él, llenándolo de deseo. Quiero de J. sea diferente a sus compañeros, que sea diferente a mí, a su mamá... que sea un Sujeto, que esté sujeta al deseo propio, no al de sus enseñantes.
Para lograrlo, entendí que debo empezar por respetar sus tiempos, sus “berrinches”, su deambular continuo...
...Y en esos instantes, en los que J. se conecta con un ambiente que le devuelve satisfacción, le transmito todo lo que de ella pretendo… Solo así recibe ese deseo y construye algo del propio…
Porque mi deseo es que J. se desenvuelva con autonomía... que vaya, venga, haga, deshaga, construya, rompa, juegue y disfrute.
Mis ganas de que J. crezca feliz se interponen con una herida narcisística que genera un vínculo tan profundo.
Un vínculo que tiene como finalidad la ruptura del mismo. La imagen más satisfactoria que esta relación puede devolverme, es la de una alumna que ya no me espere ni me necesite...
Notas
(1)
En su libro “La inteligencia atrapada”
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* La autora del presente trabajo es psicopedagoga.
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